Amor de Hormiga

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Pregunté a la Luna si era el amor
lo que brilla en tu sonrisa
con tanta ilusión
y llorando me confesaba
que quería ser para mí
y la luna me contestaba
para amar hay que sufrir
y la Luna me contestaba
yo quisiera ser para ti.
 
Diálogo – Jesús de la Rosa

 

Con las primeras nubes las obreras iniciaron las obras, limpiaron y ensancharon los accesos y galerías, incluso abrieron alguna nueva allí donde se facilitaba con ello la salida al exterior.

La salida del hormiguero, gracias a los miles de diminutos portes de escombros procedentes de la reforma, se había convertido en algo parecido a un pequeño volcán formado por pequeñas bolitas de tierra, una excelente protección ante una hipotética inundación del hormiguero. Además, aunque incómoda para el día a día, la nueva entrada es muy útil si se trata de salir volando.

El trasiego del exterior aún no alcanzaba las profundas cámaras de cría, donde nada presagiaba  la inminente partida. Solo cuando en la superficie comenzó a chispear a un metro de profundidad la presión, la humedad y la temperatura estuvieron donde tenían que estar.

Poseída por una urgencia visceral, su nodriza comenzó a trabajar frenéticamente, limpió la cámara por enésima vez, terminó de abrir la celdilla comiéndose los restos de la serícea membrana, extrajo la ninfa con sumo cuidado, la limpió y masajeándola maternalmente indujo en ella la última y definitiva muda.

Ni la ciencia ni los milagros pueden explicar lo que allí sucedió. En las oscuras entrañas de la tierra, las alas de una princesa de azabache brillaron como el platino.

Su hermana, estéril, lloró al verla. No sabría decir por qué.

Sus curvas de ébano tintinearon bajo las estrellas. El aire, cargado de esporas, era cálido y sensual. La noche perfecta para encontrar al príncipe perfecto.

Radiante, segura, desprendiendo feromonas, con un coqueto aleteo se unió al baile bajo la Luna.

Varios machos se interesaron por ella de inmediato – ¡qué pequeños e infantiles les pareció a la princesa!–, cortésmente, los ignoró. Pero los aluines no estaban dispuestos a rendirse así como así y continuaron revoleando galantemente alrededor de ella. De vez en cuando, uno de ellos pasaba a su lado y le susurraba palabras de amor. Durante un tiempo nuestra princesa se divirtió con las patéticas tentativas de sus pretendientes pero como éstas eran cada vez más atrevidas y éstos más aburridos decidió cambiar de aires. Con sus potentes alas, contra las que nada podían hacer las de los débiles machos, cogió rápidamente altura dejando atrás una miríada de frustrados amantes. Una mirada hacia atrás confirmó, efectivamente, que los otrora incondicionales enamorados, no la perseguían, es más, flirteaban ya con alguna que otra fresca.

– ¿Dónde vas tan deprisa, muñeca? –dijo de improviso un aluín que había aparecido de la nada y con el que no pudo evitar tropezar–, tenemos tiempo –añadió tomándola entre su media docena de brazos.

La princesa no podía creer semejante arrogancia y desfachatez. ¿Quién se habrá creído que es la mosca borriquera ésta?, pensó luchando por librarse de su abrazo.

–No seas tímida, cariño. No te hare daño –la tranquilizó el solícito macho atrayéndola hacía sí.

Durante un instante que duró mil años sus hexagonales facetas se cruzaron.

A la doncella le temblaron los tarsos.

El aluín recibió tal bofetada que casi se le desprende una antena.

Aturdida, sin duda, por el tropezón, excusó la princesa ese momento de turbación. Llena de furia, recobrando la compostura, la princesa se alejó sin mirar atrás. No pudo evitar, sin embargo, una sonrisa al recordar la mirada de asombro del aluino.

–Era broma, tonta. Oh, qué guapa te pones cuando te enfadas –había dicho intentando cómicamente recomponerse la antena.

No sería así. No era así como ella lo había soñado, no con el primero que se encuentre. Ella era una ninfa real. Ella elegiría al caballero que la enamorara, guapo, inteligente, romántico, que la hiciera reír, la noche estaba llena de ellos. Más bella que nunca voló con la Luna.

Muchos apuestos aluines se acercaron a cortejar a la princesa y ésta, una y otra vez los rechazó. Caballerosos y atentos mil pretendientes se rindieron a sus pies,  le recitaron versos, le cantaron canciones y la adoraron, a algunos, los más apuestos, les permitió un beso, pero ninguno la enamoró.

A menudo recordaba su encuentro con el aluino; ni su nombre sabía. Tenía el don de enfurecerla, de sofocarla, ¿cómo se podía ser tan estúpido, y tan grosero, y tan…? Una idea que le rondaba la cabeza, una inquietud, se apodero de ella: ¿sería posible que se hubiese enamorado de él?, ¿que aquél encuentro casual marcase su destino?

Lo cierto es que todos son mediocres si se les compara con él, reconoció la verdad.

A una estrella fugaz le pidió un deseo.

Durante horas lo busco en vano. Alguna vez creyó analizar su olor, decepciones que solo consiguieron atormentarla. La noche se le iba y no lo encontraba, dispuesta, anhelante, desatendida.

Vagando continuó en su agonía, sopesando candidatos, sabiendo que algún día, amargada, se rendiría.

Por fin, esta vez sí, el rastro era inequívoco. Una alegría sin igual la embargó, un respingo del alma, una resurrección. No dejaría pasar esta oportunidad.

No sin un poco de miedo y un ligero rubor en las mejillas, más femenina que nunca, la princesa se dirigió deseosa al reencuentro de su amado.

Lo encontró en brazos de otra.

La mayor de las aflicciones se apodero de ella, que inhumana traición. Sin ganas de vivir -no una vida sin él- se creyó morir. Enferma de amor deambuló solitaria lo que quedaba de noche, sin desprenderse de la pena, consciente de que nunca sabría lo que hubiese sido.

Su príncipe, después de amar, ya habría muerto arrastrado por el viento. Después de amar, después de amar a otra, una y otra vez se preguntaba por qué.

Prefería pensar que él también padeció su ausencia, que también la buscó, desesperado, anhelante por consumar su amor con ella; no habría podido soportar lo contrario.

Exhausta, ya al amanecer, un oportunista, vulgar, repugnante, se la benefició.

En el frío suelo bajó las antenas para morir.

Menos mal que era una hormiga.

Con un mecánico movimiento se desprendió de las alas, del libre albedrio y de tantas tonterías, cavó un agujero en el suelo y se dispuso a poner huevos.

Tenía que poner muchos, más de un millón.