Aun reverdea una malva

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No suelo escribir sobre mis cosas, me gusta el anonimato y contar historias raras; además, creo que me da un poco de miedo.

La ficción es fácil, basta con fantasear. Escribir sobre la realidad es otra cosa. Cuando nos atrevemos a plasmar nuestras vivencias sobre el papel, no podemos pretender que nuestra parcial visión de la realidad sea exacta, ni siquiera correcta. Limitados a los sentidos, el relato resultante no será verdad. Además, las palabras limitan aún más la veracidad de nuestra narración con su imperfecta transcripción, que se hace patente incluso ante la mejor pluma.

Al escribir corremos el riesgo de acotar nuestro recuerdo a la literatura.

Estoy en el campo, solo, una pequeña parcela que cuidamos lo mejor que sabemos y que hoy cuida de mi. La tarde es larga, he puesto los aspersores y el goteo. Un gorrión desde su atalaya canta canciones de amor. El viento huye del sol y despeina a los árboles. Gala posa en el césped como esperando a Dalí.

Cojo papel y lápiz sin saber por qué. A veces escribo, a veces dibujo, a veces, ensimismado, simplemente me olvido. Empiezo a escribir sandeces sobre la memoria y sus antojos.

Cuánta literatura, cuántas páginas, música y poesía, se han perdido irremediablemente porque su autor, desconcertado, no recuerda por la mañana más que un burdo plagio del original.

Cuando algo se escribe el lápiz lo recuerda.

Dicen que la memoria se alimenta del lenguaje, si tienes una idea escríbela o cuéntasela a alguien y ya no la olvidarás. Para la mente hablar de un suceso equivale, en cierta forma, a revivirlo.

El lenguaje –estas palabras– que se nutre de la memoria, al mismo tiempo, por algún intrincado mecanismo de retroalimentación, altera a su vez el recuerdo original. Es tal el poder de este mecanismo que si alguna vez, vanidosos, añadimos o modificamos un pequeño detalle de una anécdota para enfatizar su dramatismo o comicidad, esta alteración se incorpora a nuestra memoria como real. Con el tiempo muchos recuerdos han evolucionado de una forma tal que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Pero algunos recuerdos sólo se recuerdan, nunca los hemos contado y nunca lo haremos. Sensaciones, escenas, una cara, un gesto, pecados y oraciones, amores que no fueron y besos que no se dieron, llantos y elegías. Vibraciones.

Son recuerdos puros, inmunes a nuestra fantasía e independientes de nuestro estado de ánimo, es más, su recuerdo produce su propio estado de ánimo, la melancolía.

La melancolía es extraña, entras en trance, no hablas, no escuchas, ni siquiera piensas, pero no importa, te dejas llevar, es la melancolía.

No soy una persona proclive a la melancolía pero estos momentos de ausencia me son gratos. Los recuerdos de nuestra primera infancia son especialmente hermosos y, tarde o temprano, nuestro errático periplo por la memoria nos lleva hasta ellos. Los recuerdos de la infancia nos transportan a otro mundo, un mundo que conocimos con sentidos que ya no poseemos pero cuyas sensaciones, imborrables, aún sentimos.

Son recuerdos muy valiosos para mí.

Las coplas de mi madre haciendo la faena, el amago de quitarse la alpargata cuando hacia una trastada, la Lambretta de mi padre camino de Guadaira cargada hasta los topes, una cesta de pescado, la piedra del sardinel. Me retraigo aún más, soy un mocoso de cuatro años jugando con mi primo Juan y con Tobi.

Tobi es blanco y negro, no recuerdo si negro con manchas blancas o blanco con manchas negras, pero estoy seguro de que tenia una, redonda, en el ojo. Siempre jugamos los tres en el patio del bar de mi tío.

Este patio es nuestra casa, es grande y luminoso y tiene muchas esquinas, se comunica con la calle a través del bar. Allí, mi tío Juan, paño al hombro, seca los vasos con mirada torera. Un taxista de la parada nos deja montar en su mil quinientos. Una puerta da a la cocina donde mi tía Mercedes me sonríe. La cesta de la freidora tiene calamares morados de frío, que me pirran. Cojo unas patitas y salgo corriendo.

Tras el patio, dos escalones conducen a un oscuro salón repleto de sillas de madera, de esas que se pliegan y te pillan los dedos. No hay mesas, un televisor en una repisa alta completa el mobiliario. Es una plaza de toros. Cuando hay corrida estorbamos en todos sitios y somos deportados al bar de mi abuela.

Ya se ir solo y hago mandados.

Siempre hay mucha gente en el bar de mi abuela aunque no me fijo mucho y entro corriendo al patio. Este patio, más pequeño y abarrotado, es el corazón de la casa. Mi abuela vive en él y toda la familia con ella. Sentada en su mecedora me llama para darme un beso.

Un calor sofocante sale de la cocina que es de charol. Una escalera sube al cuarto de las ratas, un misterioso “soberao” en el que sólo entran los gatos. Hay muchos gatos. Y un galápago, escondido en el rincón de las flores. Latas de aceitunas, macetas y cubos forman un bosque de aspidistras, costillas y claveles que es su hogar. Nadie le echa cuenta, se diría que es una piedra. Lo cojo entre mis manos, pesa. Poco a poco se va despertando y muy lentamente saca la punta del hocico y me huele, después la cola, que la tenia doblada, y luego la cabeza y las enormes garras. Me lo acerco a la cara, estira su largo cuello y hacemos nariz con nariz.

Aunque sé que le da mucho coraje, a veces no puedo evitar soplarle un poco en la cara. Esconde la cabeza, se enfada, y pataleando me obliga a soltarlo en el suelo, se esconde en las macetas. Al día siguiente se hace el dolido pero terminamos con un beso.

A veces, como por arte de magia, desaparece durante meses. Lo busco por todos los recovecos del patio pero no lo encuentro. Me acuerdo de los gatos, y de las ratas. Pregunto por él, mi abuela dice que se ha ido por el sifón. Pienso que es culpa mía.

Mis tías pelan pájaros, si te acercas mucho te tragas alguna pluma o te dan uno para que te enseñes. Yo prefiero el saco de los que aún esperan turno. Hago colección de especies y competiciones con mi primo Fernando. Los ponemos muy bien puestos en la escalera que sube al piso, la escalera está en el pasillo que conduce al bar y como nunca sube nadie nos dejan bregar; desvencijada, le faltan lozas y tablones y una vez de un temblor se desniveló. Mi primo me dice sus nombres: pichirrubio, cabecita negra y cabecita naranja, lúgano, cucujá, mirlo, zorzal, cabecita negra chiquitito…

Un mochuelo madrugador me avisa que la tarde se va. Me doy un bañito y recojo, no me gusta conducir de noche.

Camino del pueblo aún vienen a mi cabeza recuerdos de la niñez, la cómoda de mi abuela Francisca con su cajón secreto repleto de tesoros, el comediscos de mi prima Reme, el lavadero, en el ático del casino, con mi tía Carmela…

Ahora que lo pienso, me he criado de bar en bar, Matesa, él de mi tío Cristóbal, el bar de mi tío Miguel en la estación, el de Salvador y Alberto, el Casino, hasta jugaba a explorar la Bodega de La Verdad.

El Casino, quizás sea lo único que aún existe, Matesa es hoy un banco, Alberto cerró, Miguel emigró y la Verdad es hoy un bloque de pisos. El bar de mi tío fue declarado en ruinas por un propietario sin escrúpulos y el bar de mi abuela, cerrado desde hace tiempo, es carne de derribo.

Una absurda idea me ronda por un momento la cabeza, intento ignorarla pero ha sembrado en mí una inquietud de la que no puedo desembarazarme.

Debo estar loco, hace tantos años, que no existe la más mínima posibilidad. Sin embargo, la duda me atormenta. ¿Y sí fuese posible? No, definitivamente no.

Sorprendido me doy cuenta de que me he salido de la ruta habitual y que voy hacia la Plaza de Abastos, camino del bar de mi abuela. Le hago caso a mi inconsciente. Aparco y bajo apresurado la calle Vicario, fuerzo sin dificultad el precario cerrojo y cruzo el bar sin fijarme mucho, en el patio aún reverdea una malva y bajo ella, esta Gala.

Lo cojo entre mis manos, pesa. Poco a poco se va despertando y muy lentamente saca la punta del hocico y me huele. Me lo acerco a la cara y, alegrándonos de vernos, hacemos nariz con nariz.