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Los premios IgNobel, unos galardones que la revista Annals of Improbable Research (AIR) concede desde 1991 a los estudios científicos más insólitos y que son entregados con todos los honores en la prestigiosa Universidad de Harvard, nos divierten cada año con los estudios más triviales, fútiles y humorísticos de la comunidad científica.
Los trabajos galardonados, sirvan unos ejemplos, van desde el premio IgNobel de la Paz: de 2009 otorgado al equipo dirigido por el ilustre Stephan Bolliger, de la Universidad de Berna, por determinar —experimentalmente— si es mejor ser golpeado en la cabeza por una botella de cerveza llena o por una vacía, hasta el IgNobel de Medicina de 2006 que se llevó Francis M. Fesmire, de la Universidad de Tennessee por su informe “Interrupción del hipo con un masaje rectal dactilar”.
Puede comprenderse la expectación que tan espectaculares descubrimientos provocan no solo en la comunidad científica si no en toda la opinión pública.
En la edición de 2011 se sumaron dos circunstancias que consagraron definitivamente a los premios IgNobel como uno de los acontecimientos científicos del año. Por vez primera uno de los Premios IgNobel, el físico ruso Andréy Gueim, ganador del IgNobel de Física, en 2000 por hacer levitar una rana en un campo magnético, es galardonado con el premio Nobel de Física, por sus trabajos sobre el grafeno.
Sin embargo, la verdadera conmoción del certamen y la causa de haber acaparado la primera plana de todos los informativos fue uno de los trabajos premiados, en concreto el estudio llevado a cabo por investigadores chinos liderados por Min Tang del Instituto Entomológico de Guandong y por la británica Gareth Jones, de la Universidad de Bristol, que sacó a la luz la práctica del sexo oral en los murciélagos. Más en concreto Min Tang dejó demostrado que la felación (sexo oral practicado a machos por parte de hembras) es algo rutinario durante la cópula en los murciélagos de la fruta, Cynopterus sphinx, sosteniendo, además, que este comportamiento reporta importantes beneficios evolutivos a la especie. Entre estos murciélagos el macho suele disponer de un harén de varias hembras, con las que copula habitualmente al abrigo de los frondosos árboles del sur de China.
No es de extrañar que en el idioma chino una misma palabra, “Fu”, se utilice para designar la felicidad y el murciélago.
La respuesta a tan inesperado descubrimiento no se hizo esperar, el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), la CMS (Convención de Especies Migratorias) y el EUROBATS (Convenio para la conservación y el estudio de los murciélagos europeos) unieron fuerzas para declarar el 2011, como Año del Murciélago.
El lema corto pero claro y revelador “Juntos con los murciélagos”.
Con 1.150 especies los Quiróptera son, tras los Rodantia, el segundo orden de mamíferos más numeroso, por lo menos por el momento. La destrucción de sus hábitats, el impacto de las actividades humanas en sus lugares de hibernación, los incendios, el uso de pesticidas y epidemias –como el síndrome de la nariz blanca que ha matado a millones de individuos en Estados Unidos– están diezmando las poblaciones de murciélagos en todo el mundo. A pesar de las medidas internacionales por protegerlos más de la mitad de las especies están catalogadas como amenazadas o en peligro de extinción en la Lista Roja de la UICN y las perspectivas no son muy halagüeñas.
El caso del Cynopterus esfinge toma quizás un trágico protagonismo debido a que fueron sus singulares hábitos sexuales los que atrajeron al gran público a la Murciegalogía. Se trata de una especie frugívora que habita en gran parte del sudeste asiático y cuyas poblaciones gozaban, hasta hace poco, de una relativa prosperidad debido a su capacidad para aprovechar los cultivos humanos. Sin embargo, en los últimos años se está produciendo un alarmante descenso de las poblaciones debido a un misterioso síndrome de origen desconocido que provoca la caída del murciélago -en su mayoría machos- de su percha, generalmente una palmera, y lo estampa contra el suelo.
−Es terrible –comenta entre lágrimas la investigadora inglesa Elisabeth Carl– a veces caen de dos en dos.
Se trata de un caso único entre los murciélagos, ya que éstos poseen un ingenioso sistema mecánico que aprovecha el peso del animal colgado para ejercer una tracción sobre los tendones, lo que mantiene las garras en posición de enganche, de esta forma el murciélago puede permanecer colgado incluso dormido –a veces durante largos periodos, como la hibernación– y no gastar energía en ello.
Numerosas universidades de todo el mundo han enviado expertos para desentrañar tan misterioso síndrome, sin resultados por el momento. La falta de peso de los murciélagos siniestrados como causa de la caída, propuesta por Henry Rodríguez del Whitaker College de Massachusetts, aludiendo un fallo generalizado en el sistema de palancas que mantiene colgado al murciélago mientras duerme no convence a sus colegas ya que la mayor parte de los ejemplares llegaron a sus manos secos o disecados.
En otra línea de investigación, no menos controvertida, el profesor Yuan Nikhito, adjunto del Departamento de Etología y Comunicación Animal y Vegetal de Morón de la Frontera ha dado a conocer unos polémicos resultados, que por el momento no han sido ratificados por un estudio independiente.
El autor afirma que los murciélagos que sobreviven a la caída, algunos en lastimosas condiciones, vuelven ineludiblemente a subirse al mismo árbol pero centra sus estudios en las primeras palabras del murciélago tras estrellarse contra el suelo de la selva.
Éstas, a veces postreras palabras, pueden clasificarse semánticamente, siempre según el autor, en tres grandes grupos, cada uno de los cuales puede resumirse en una frase:
“- ¡Ay, ay……, ay!”
“- Estoy como loco porque me salga el sesenta y nueve”
y
“- ¡¡Guau!!”