Cosas de camellos

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–¿Qué te pasa en la espalda? –preguntó el guanaco intentando hacer amigos–. ¿Duele?

El dromedario lo miró con desprecio.

–¿De dónde sales tú, enano?

–Yo soy el Inca, ancestro de la llama y de la alpaca, Señor del Altiplano –contestó el guanaco orgulloso de su extirpe–. ¿Y tú, quién eres tú?

–¿Altiplano? Eso explica tu ignorancia y tu anodina figura.

–¿Qué quieres decir? No creo que puedas presumir de figura, ¿no crees? –replicó el guanaco presto a escupir.

–Yo soy el Mehari de las montañas del Yemen, el Rub al-Jali, la Tierra Vacía, es mi Reino. Allí las dunas son montañas, montañas  errantes, el desierto que se mueve. Cuando el aire hierve o vuela la arena mi joroba es sólo otra cumbre de la dorada cordillera.

El guanaco lo miró sorprendido. Este bicho no tiene suficiente sangre para regar la joroba y el cerebro, pensó el guanaco. Tenía una montaña en la espalda y se creía el dromedario invisible.

–¿Nunca has pensado que tu lomo plano es sólo una argucia mimética? ¿No dices que vives en el Alti-“plano”?

Nunca se le habría ocurrido semejante cosa, lo que decía el dromedario tenía cierto sentido. Lástima que estuviera loco, concluyó convencido el guanaco.

Entonces fue cuando vio al camello de dos jorobas.

–¿Y ése, quién es? –preguntó intrigado.

–¿El paticorto?, creo que esta operado –contestó el dromedario con una mueca de repugnancia.

Yo soy el “Camello” y no un bicho con un nombre complicado –dijo el aludido devolviendo la mueca de aprecio a su primo–, el Camello de Bactra –continuó con solemnidad–, del Takla Makan y de Zhongghuó, la Tierra Central, donde farallones calizos surgen de la tierra, erosionados, exuberantes, apenas vislumbrados entre la niebla. Ma Xuan en una de sus sedas me confundió con el horizonte.

El guanaco estaba perplejo. No sólo había camellos con una montaña en la espalda, sino que también los había con dos, temiéndose encontrar toda una sierra, miró en derredor. Lo que vio superó todas sus expectativas. Aquel ser debía de vivir en las montañas más altas de la Tierra, su cuello era enorme y su cabeza casi alcanzaba las nubes.

–¿Quién, quién es ése? –preguntó intrigado a los camellos, a los que veía ya familiares.

–No lo sabemos –contestaron- y no se lo hemos preguntado. Se las da de altanero.

–Hola, señor –lo saludó el guanaco, dispuesto a salir de dudas.

–¿Qué?, perdón –dijo la jirafa agachando un poco la cabeza para oírlo bien.

–Soy el Guanaco del Altiplano y mis amigos el dromedario de las dunas y el camello bactriano –ambos mascaron con la boca al lado– y nos preguntábamos cómo de altas serán tus montañas natales.

–Encantado de conoceros. Yo soy el Massai de África, del Kalahari, del Ngorongoro y el Serengeti. Mi reino es la sabana, y allí, no hay montañas.

–¿Acantilados? ¿Precipicios? ¿Chimeneas de brujas? ¿Meteoras?

–No, no, no. No.

–¿Entonces cómo es que eres tan alto?

–Bueno, hay un volcán. Un enorme volcán, redondo y  perfecto. Se yergue sobre la llanura glaseado de blanco, siempre presente, a tu lado. Cuando el sol está en lo alto nos gusta asomarnos a su cráter y mirarnos en el espejo del vítreo mineral.

–¿De veras? –preguntaron a coro los camélidos dejando de rumiar asombrados.

–No –dijo la jirafa irguiendo la cabeza–. Es sólo para no escuchar tantas tonterías y estupideces.

Dado los nuevos descubrimientos de la ciencia, es posible que el lector desee replantearse la respuesta a la encuesta planteada en el cuento Massai.
ٱ       F.-   Mirarse en el vítreo mineral.
ٱ       G.-   No escuchar tonterías y estupideces.
ٱ       E.-