Dodo

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El Primer Ciudadano, absorto en sus pensamientos, contemplaba la inmensidad del Índico.

No estaba solo, miles de ciudadanos se agolpaban en la playa, lo cual no dejaba de ser insólito incluso en un momento histórico como éste. Habitante de las lagunas interiores, la población vivía de espaldas al mar, acudiendo a las playas sólo en las fiestas de primavera cuando las tortugas errantes volvían a casa, y los huevos salados sustituían por unos días la monótona dieta de huevos dulces y nueces de calvaria.

El mar les ponía nerviosos, no es que representase un peligro o una amenaza, más bien era su presencia, su propia existencia lo que les turbaba. Las palabras del poeta, que tan hábilmente había expresado el sentir de su pueblo, vinieron a su mente.

El Mar, siempre presente, siempre lejano.

El Mar, fascinante, secreto y desbordante.

La reja de sal, la jaula, el infinito cristal.

Desde el siglo pasado se conocían las verdaderas dimensiones del planeta, una inmensa esfera de más de cuarenta mil kilómetros de diámetro en el que un diminuto e insignificante punto emergido del Océano era su mundo. El descubrimiento, fuente inagotable de polémicas, había dado lugar a fuertes controversias; geómetras, místicos y astrónomos desarrollaban irrefutables y cada vez más perfectas teorías, que aunque incomprobables, explicaban la existencia de la Tierra Firme y predecían la situación de supuestos nodos donde otros mundos salpicaban el Océano.

Pero lo cierto es que, salvo su pequeño isla, todo era Mar, el azul y omnipresente Mar y nada hacía suponer que en algún lugar existiera otra Tierra. Por lo menos él no lo creía.

Desde los tiempos de Trancolargo se sabe que desde la cumbre de Pico Nublado, precisamente los días que éste no hace honor a su nombre, se puede ver toda la Tierra y al infinito Océano extenderse en todas direcciones. Además, lo que para él era una prueba determinante, algunos pájaros, siguiendo a los peces, abandonaban las isla durante meses pero todos los años sin falta volvían a anidar a sus roquedos natales; lo mismo ocurría con las tortugas errantes, que muchos años después de haberse marchado regresaban a procrear a la playa donde nacieron. En cambio, nunca se había observado ave o tortuga alguna de otro mundo, por así decirlo.

No, no había ninguna prueba sólida de la existencia de otros mundos, por lo menos en lo que se refiere a esta dimensión, la idea, postulada por los quinceyistas, de mundos dentro de otros mundos le parecía muy atractiva. Como las lagunas son islas de agua en una isla de tierra, la Tierra no es más que una mota de polvo en el inmenso Océano. Un Océano, una gota de agua, una lágrima quizás.

–¿Lloras?

–¿Llorar? No, no –sorprendido por la pregunta de su amada, se descubrió una lágrima en la mejilla–,  no lo sé, pensaba.

Enamorados, se miraron. Pronto formarían una familia, se hablaban desde hacía diez meses ya. Sus mentes no necesitaban de la palabra para expresarse y comprender, las ideas y los sentimientos podían fluir libremente compartiéndose en una total comunicación, pero la palabra tenia una cierta complicidad, una lenguaje privado, íntimo y sensual.

-(Que llanto tan extraño aquel que brota del alma, provocado por un primario lamento, tan ancestral que la conciencia no lo puede encontrar.) –“dijo” algún entrometido filosofo.

– Yo también pensaba –dijo ella radiante–, pensaba que en este mismo momento, en otro mundo, en otra playa, una pareja, como tú y como yo, dichosos, contemplan el mismo Océano.

–Sabe Dios, cariño, sabe Dios. Todos estamos un poco nerviosos.

Muy débiles al principio, ondas de un misterioso lenguaje llegaron del Mar. Hasta los más incrédulos y escépticos tuvieron que reconocer que se trataba de verdaderos pensamientos, nada de mensajes divinos o ecos atmosféricos, en un idioma desconocido, de gramática incomprensible y caótica sintaxis, distinto,  pero coherente. Sin duda inteligente.

Convulsionados, ciudadanos de las once lagunas se congregaron en la playa para intentar descifrar por sí mismos tan enigmática revelación. Unos veían la redención divina del pecado original, otros evocaban la leyenda de Simbad, otros el fin del destierro, de “la reja de sal”, algunos, inquietos, no sabían que pensar.

Al amanecer la vieron. Flotaba en el Mar. Una grotesca criatura, enorme, de sólido caparazón y etéreas alas que lentamente se deslizaba sobre las olas. Emanaba alegría, el júbilo de encontrar.

Miles de corazones compartieron sentimientos de amistad.

Lo que parecía un caparazón resultó serlo realmente, pronto fue obvio que los estirados seres que correteaban por la cubierta eran sus constructores. Impulsados por el viento habían logrado surcar el Océano. Más de uno pensó cómo no se le había ocurrido a él.

Ahora comprendían el caos de interferencias que recibían. Eran cientos y cada uno de ellos emitía pensamientos sin cesar. Pensamientos rápidos y precisos, pensamientos persistentes, casi envolventes, y pensamientos cadentes, como monótona percusión, pero todos ellos compartidos en un desenfrenado frenesí, libre de tabúes. Ansiedad.

Mascareño mandó flotar un bote.

Algunos de ellos exultantes, impulsados por su propio esfuerzo físico, sobre un pequeño cascarón se acercaban a la playa.

Fraternidad, comunión, felicidad.

Él, un sacerdote para estar bien con Dios, un estandarte para el Rey de Portugal, cuatro remeros y un timonel, los soldados y su capitán.

El primer ciudadano, a pie de marea, abrazó a su amada con su emplumado muñón.

La isla es rica y parece desierta, y la playa está repleta de rollizas aves que parecen pavos. Bolas, el Tarta, no pudo esperar al desembarco, cargó el mosquetón al hombro y disparó.

– Dodo..dodos…do..dos pájaros de un tiro  –gritó orgulloso.

Todos le vitorearon, y el cura le dio su bendición.