El patito feo (Segunda parte)

0 Flares Twitter 0 Facebook 0 Google+ 0 0 Flares ×

Es el cisne, de estirpe sagrada, cuyo beso, por campos de seda,

ascendió hasta la cima rosada de las dulces colinas de Leda».

Rubén Darío

 

 

El Patito Feo 

“Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón, –Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos que era sólo un patito feo“.

Con estas palabras da por terminado su afamado cuento Christian Andersen. ¿De qué otra forma, si no? ¿Cómo podía acabar la triste historia del patito feo si no convertido en un bello cisne?

La infancia de nuestro protagonista no pudo ser más desgraciada, desde el mismo momento que salió del huevo el patito feo fue objeto de las burlas e insultos  de todos los habitantes de la granja, los patos le pellizcaban, las gallinas le daban picotazos y hasta la muchacha que les traía de comer le dio algún que otro puntapié; despreciado por todos huyó del corral solo para descubrir un mundo hostil que le deparaba más infortunios y penalidades. A pesar de todo, el patito albergaba en su pecho un bondadoso y amable corazón, un corazón tan puro que ni la fealdad de su cuerpo ni su desgraciada infancia, con todos sus traumas y penurias, fueron capaces de macular.

A nadie le hubiera importado que el patito feo hubiese muerto aquel invierno. Sin embargo, sobrevivió, ¡y de qué manera!

Qué maravillosa sorpresa debió sentir nuestro amigo al ver que su reflejo en el agua no mostraba ya ese cuerpo desgarbado y gris, al darse cuenta que aquella imagen que veía era la suya propia, sin poder comprender porque mágica razón su torpe figura se había metamorfoseado en la más elegante de las aves, un cisne.

Al ver, al fin, como tres hermosos cisnes se acercaban a él, como iguales.

“Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón, –Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos que era sólo un patito feo“.

¡Oh, que hermosa es la primavera para el que ha padecido un crudo invierno!, ¡que bellos los manzanos en flor y que fragantes las lilas!

Andersen no pudo encontrar más bella historia para ilustrarnos sobre el hecho de que poco importa que uno nazca en un corral de patos, si lo hace de un huevo de cisne.

No podía saber, sin embargo, el bueno de Hans, que las penalidades del joven cisne no habían hecho más que empezar.

Nada se sabía a principios del siglo XIX de las pautas que rigen el comportamiento animal, nadie había escuchado hablar de la Etología y dudó que a alguien le importase lo más mínimo. Sin embargo, un cisne no es un soldadito de plomo.

Se sorprendería mucho, sin duda, el creador del patito feo si a sus oídos llegasen esas historias que cuentan sobre el cisne oscuro, ése que asecha las granjas con las más viles intenciones.

El Cisne Blanco

Solo desde el aire, sobrevolando la campiña, la primavera rebelaba todo su esplendor. Una infinita paleta de verdes, solo salpicada por el rojo sangre de las tempranas amapolas y por los pespuntes de plata de los arroyos, contrastaba con el azul uniforme del cielo, puro, primario; multitud de animalillos revoloteaban, correteaban y escandalizaban por doquier, y el olor … , y la luz.

En uno de esos riachuelos encantados, uno que parecía desembocar en una laguna, se posaron nuestro cisne y sus tres nuevos amigos, dejándose llevar por la suave corriente se deslizaron majestuosos por el sinuoso arroyo; ruiseñores y alondras, incapaces de abstraerse de tan elegante belleza, acallaban su canto al verlos aparecer para reanudarlo sólo unos instantes después más armoniosos y musicales; los presumidos sauces, que nunca dejaban de mirarse en el río, alzaron la vista y mecieron las ramas con la esperanza de rozar siquiera a una de estas magnificas criaturas y los dorados ranúnculos y las azules nomeolvides inclinaban y retorcían sus delicados tallos pugnando por verlos pasar.

–Que elegante animal –dijo el galápago estirando el cuello.

–Parece que está dibujado –comentó un desdibujado ser oculto entre las sombras.

–Es el animal más bello – dijo la más bella flor.

El joven cisne, para turbación de sus compañeros, saludaba a cuantas flores y animales se encontraba. A pesar de la admiración que ahora provocaba su corazón seguía sin albergar una pizca de orgullo; la felicidad que transmitía, la pureza, la bondad que irradiaba conseguía aumentar aún más, si cabe, su enorme atractivo.

– ¡Que blanco más puro!

– ¡Que brillantes colores!

Se saludó con un Martín pescador.

–Estoy empezando a creer –susurró uno de los cisnes a sus dos compañeros –, es más, estoy completamente seguro que éste guaperas las va a volver locas.

–Apresurémonos –añadió el más desgarbado del trio al tiempo que aligeraba con sus palmeadas patas corriente abajo.

Al poco, el hasta entonces zigzagueante arroyo se derramó en un claro del bosque formando una extensa laguna. Sus aguas turquesas, convertidas en un espejo, reflejaban los cielos, las montañas y la imagen de los cientos de cisnes que albergaba.

 El hermoso cisne quedó abrumado por el número de su congéneres, la laguna bullía de ellos, por todas partes se veían parejas de enamorados paseando y bailando, tan absortos el uno en el otro que apenas parecían advertir las carreras de los más jóvenes que, voleteando enérgicamente y con gran alboroto, jugaban a lo que parecía ser corre, corre, que te pillo.

Decidido a unirse al juego  el hermoso cisne se disponía a adentrarse en la laguna cuando la vio. En un pequeño remanso de transparentes aguas, justo antes de que el arroyo abandonara el denso y umbrío dosel de alisos, un celestial rayo de sol  iluminó a la más bella de las aves.

El encuentro no fue casual, una joven espabilada siempre está atenta a cualquier forastero y éste, éste era guapísimo.

Había elegido el lugar con minuciosidad, la sorpresa, la penumbra, la intimidad, todo estaba calculado. Ella estaba espléndida en su papel de seducción: su negro antifaz, provocativamente insuficiente, no ocultaba esa mirada mitad miedo mitad deseo, esa mirada de pecado, que ningún ser masculino puede ignorar; su inmaculado cuerpo de formas apenas núbiles desprendía una mágica transparencia y los afortunados rayos de luz que conseguían atravesar la floresta brillaban como diamantes en las puntas de sus plumas.

El cisne blanco quedó hipnotizado, sin capacidad para moverse ni para decir una palabra, absorto ante  tanta belleza y tanta gracia. Ambos, mirándose sin pestañear, esperaron un gesto, una sonrisa, aún no sabían eso que no se enseña.

La suave corriente del arroyo les ayudó. Ya juntos, un caprichoso remolino los besó.

Desde ese momento, aún incluso inmadura, ella supo que sería para toda la vida. Juntos, tan cerca que sus plumas se rozaban, flotando, se adentraron en la laguna.

Los meses que siguieron fueron los más felices que el hermoso cisne conoció. En compañía de su novia y de sus inquietos –e inseparables, pensaba su novia–, amigos,  recorrió todos y cada uno de los lagos y estanques de la región.

Para la enamorada pareja aquella primera primavera fue maravillosa, la del amor adolescente, la de la edad, esa que no termina, que no quiere terminar. Sin embargo, inevitablemente, las hojas, expertas alquimistas, amarillearon hasta convertirse en oro, las ardillas llenaron sus despensas y los bramidos de celo resonaron por todo el valle, la pulsión de emigrar se hizo tan fuerte que ya no pudieron inhibirla más. Un día, sin nada de particular, se pusieron en marcha.

Ella volaría con los suyos, a las tierras de invierno de su familia; él, junto como los demás machos jóvenes, donde el viento lo llevase. No fue una despedida triste, los dos sabían que el invierno los haría adultos y que volverían a reencontrarse la próxima primavera, anhelantes, ya preparados.

Eolo, caprichoso y testarudo, se portó bien con él, lo llevó a conocer las brumas del Danubio, el laberinto de su delta y los juncos donde el Sol se esconde cuando sale la Luna, cruzando los Bakony lo llevó a conocer el zafiro húngaro y, soplando un poco más, a la Camarga, donde los caballos vuelan.

Un día, ya cercana la primavera, una inexplicable urgencia se apoderó de él, tan apremiante que dejó sin sentido la espera. Había llegado el momento, levantando el vuelo puso rumbo a la laguna turquesa.

Ella ya le esperaba, deslumbrante, más hermosa, si eso era posible, a como la recordaba.  Con un elegante aleteo se posó en el agua, junto a ella. Sus corazones latían con fuerza. Apenas se movían, una deriva imperceptible, un ritmo ni tan siquiera sugerido. Bajo el blanco plumaje podía percibirse la tensión, la energía luchando por liberarse. No necesitaban palabras.

Uno frente al otro sobre el sol que nace.

Aunque no era lo habitual, ella inició el cortejo incapaz de esperar más.

La danza de cortejo, la más hermosa de las ceremonias, uniría sus destinos para siempre, sellaría un pacto de por vida, inviolable, imperecedero. Con un gracioso escorzo, la novia arqueó el cuello de forma que, al beso de su amado, se formara la silueta de un corazón. Esperando el beso cerró los ojos.

Esperó en vano.

El hermoso cisne permaneció inmóvil, incapaz de moverse, la tensión reprimida, el amor contenido. A pesar de su anhelo, de la necesidad, era incapaz de corresponder a su amada, ni su exuberante erotismo ni su disposición despertaban en él el deseo. ¿Aversión?

La inseguridad, la turbación, se transformaron en vergüenza cuando ella abrió los ojos y lo miró sin comprender.

Lo había hecho todo bien, su instinto se lo decía; herida –esta interrupción de los acontecimientos le produjo un verdadero dolor físico– y humillada, no pidió explicaciones, no las había. Sin un sollozo se ocultó entre los juncos.

El hermoso cisne la dejó marchar. No era ella.

No hay cicatrización para esa herida. En los juncos murió de pena.

No era ella, nunca lo había sido. Secretamente, sin haberse siquiera atrevido a pensar en ello, siempre lo había sabido; desde aquel primer encuentro, siempre a  remolque. Nunca debió dejar que las cosas llegasen tan lejos, pero ¿cómo evitarlo?, ella era tan bella y él tan inexperto.

Menos mal, pensó, que no habían iniciado el cortejo. Nada irreparable había ocurrido, ambos podrían rehacer sus vidas, el lago estaba lleno de solteros.

En los días que siguieron, una tras otra, todas las mozas de la laguna desfilaron ante él y ninguna de ellas provocó en el hermoso cisne la menor reacción, todas eran preciosas, no había la menor duda, pero ninguna le enamoró, ninguna consiguió hacer suyo su corazón. Más agitado de lo debido visitó todos los ríos, lagos y charcas hasta llegar a la lejana Etolia y en ninguno de ellos pudo encontrar una doncella que lo sedujera.

Una inquietante duda comenzó a atormentar al hermoso cisne. No era capaz de enamorarse.

¿Tan orgulloso y narcisista se había vuelto que no existía nadie digno de su figura?, ¿era, acaso, un misógino patológico debido a su traumática infancia?, ¿o era, quizás, simplemente miedo, incapacidad?

Aunque, desde luego, tenía que reconocer que nunca había visto un cisne que saludara a las flores o que hablara con un Martín pescador.

Sea como fuese, el hermoso cisne no acertaba a comprender su comportamiento y, sin embargo, sabía que anhelaba el amor, que necesitaba amar y ser amado.

Un grito desgarrador salió de su pico.

-«Todopoderoso Dios, tú eres lo único que tengo, tú que gobiernas mi sino, ¡debo rendirme a ti! ¡Dame una forma de vida! ¡Dame una novia! ¡Mi sangre quiere amor, como lo quiere mi corazón!»

Voló alto, sin rumbo, tan alto como el aire le permitió. Sobrevoló montañas y llanos, ríos y pantanos, no podría decirse cuántos días pasó así, sin descanso, moviendo las alas mecánicamente, sin su intervención, retroalimentas, mientras le quedaran fuerzas, hasta que, sencillamente, muriera.

Sus lágrimas fueron las primeras nieves.

Este podría, muy bien, haber sido el final del cisne blanco, pero quiso el destino que sobrevolara una pequeña granja, con su estanque y su jardín, muy parecida a aquella en la que nació. El lejano recuerdo de su infancia lo despertó.

Su infancia, extrañamente ajena. Una etapa de su vida que, se sorprendió, recordaba feliz.

Con una delicada maniobra, puso rumbo a la granja.

La pata doméstica que vivía en el estanque nunca había visto un cisne de cerca. Incrédula, al principio, ante el gracioso descenso de aquella enorme ave que siempre pasaba de largo, se quedó boquiabierta de sorpresa cuando el cisne se posó justo delante de ella.

El siempre elegante cisne, por un momento, casi pierde la compostura al descubrir a la pata doméstica, pero pronto acertó a sonreír, una sonrisa nerviosa. Ella, aún sin salir del asombro, le devolvió tímidamente la sonrisa.

Eso era más de lo que nuestro cisne podía soportar.

El cisne pareció enloquecer, abriendo mucho las alas lanzó al cielo tal grito de júbilo que la pobre pata dio un bote en el agua del susto, salpicando agua para atrás como un fueraborda, dio varias vueltas alrededor de la horrorizada pata para frenar tan rápido como empezó, frente a ella. Tornó entonces su enfebrecida actitud por una mucho más tierna y melosa, entornando los ojos arqueó de forma extraña el cuello para intentar besar –morder creía ella– a su amada; la pata no pudo más que meter la cabeza bajo el agua. El hermoso cisne herido –esta interrupción de los acontecimientos le produjo un verdadero dolor físico– se alzó tan alto era sobre sus palmeadas patas y se desfogó correteando por el agua y haciendo filigranas de un lado para otro.

La pata aprovechó la enajenación del cisne para, pidiendo auxilio a gritos, correr despavorida hacía el corral. El cisne, bufando y silbando, la siguió incluso fuera del agua empujado por el ardor de la pasión.

Fueron necesarios varios escobazos de la granjera para hacerlo desistir de su locura.

Más de un año estuvo la pata sin poner un huevo.

La impronta

La impronta es un proceso especial de aprendizaje, filogenéticamente previsto para un momento bien determinado de la ontogénesis temprana, en la que una serie de estímulos desencadenantes no condicionados son asociados de inmediato y de forma irreversible con una pauta conductual que actuara, a su vez, como desencadenante no condicionado en una etapa muy posterior de la vida del individuo.”

Definida así por el propio Konrand Lorenz –conocido entre sus paisanos porque solía llevar una fila de gansos tras él–, la impronta no parece tener nada que ver con el patito feo, pero es precisamente en las Anátidas, familia de aves que comprende los patos, los cisnes, los gansos y demás especies afines, donde la impronta está especialmente bien estudiada.

Las Anátidas son aves acuáticas, por lo que generalmente –en biología todo es generalmente, siempre hay excepciones– comparten dos cualidades determinantes: por una parte son fáciles de observar y por otra, varias especies muy cercanamente emparentadas suelen compartir un mismo hábitat. Hábitat, que por rico, superpoblado.

Uno de los problemas que surgen en estas condiciones es el del control de la prole; la naturaleza lo soluciona de una manera elegante, la impronta.

Los patitos, y en general todas las aves que nacen en el suelo, salen ya del huevo totalmente vestidas y listas para salir corriendo, o nadando. Los patitos ya saben dentro del huevo que por su seguridad –les va la vida en ello– no deben despegarse de su madre una vez hayan nacido. El problema es que todavía no conocen a su madre, así que al poco de salir del cascarón, los patitos pasan por un periodo receptivo en el cual deciden quién es su madre. Esta decisión es irrevocable y de por vida. En la inmensa mayoría de los casos los patitos aciertan y son sus madres el estímulo que los impronta, por la sencilla razón de que es el único estimulo que tienen cerca.

De hecho, gracias a la impronta el patito feo reconoció a la pata domestica como a su madre y, siguiéndola, pudo sobrevivir.

Todo hubiese sido perfecto si la impronta no tuviese también otra utilidad.

Otro problema que aparece cuando varias especies cercanamente emparentadas comparten hábitat –máxime en el grupo de las Anátidas cuyas hembras suelen tener plumajes crípticos y parecidos– es el de la hibridación.

A nadie le interesa tener una descendencia estéril.

La Naturaleza, parca como nadie, aprovecha la impronta para este menester. Los polluelos improntados en su niñez por una madre atenta tienen también asegurado el enamorarse, en su madurez, de una muchacha de su misma especie.

Es lo que el patito feo ignoraba y el cisne blanco sabía.

El Cisne Oscuro

Mientras me tomo la libertad de jugar con un clásico, como es el caso de El Patito Feo, caigo en la cuenta de que no sé prácticamente nada de su autor. Decido que no está bien por mi parte, así que tecleo Andersen en Wikipedia y pulso “Intro”. Aparece un largo artículo con algunos retratos del escritor.

Andersen, Hans Christian Andersen, resulta ser danés, nacido en una familia muy pobre a principios del siglo XIX.

Lo primero que pienso al ver unos de sus retratos es: ¡Vaya nariz!, el sueño de un bromista.

Muy agraciado no era desde luego. No conozco a muchos daneses pero no creo que Anderden fuese lo que se dice un vikingo, en realidad, el pobre era tan desgarbado, al menos, como su personaje, el patito feo.

Tampoco fue fácil su infancia, a los once años queda huérfano de padre y Andersen deja la escuela definitivamente, la familia se ve obligada a mendigar y a vivir, a veces, bajo un puente.

Me impacta leer que, años más tarde, Andersen se inspiró en su madre para escribir La Pequeña Cerillera, un precioso cuento en el que la protagonista, una niña, muere de frío. No me extrañaría que hubiese, también, algo de autobiográfico en la triste infancia del patito feo.

Más difícil aún, parece ser, fue su vida amorosa. En algunas citas incluidas en la entrada puede leerse:

 “Hans Christian Andersen a menudo se enamoró de mujeres inasequibles para él y muchas de sus historias se interpretan como alusiones a sus fracasos sentimentales.”

 “Estudios literarios modernos sugieren que en algunas obras de Andersen hay un homoerotismo camuflada[] fruto de su homosexualidad reprimida. Esta represión se ve ya en los diarios de juventud de Andersen en los que registra su intención de no mantener relaciones sexuales”.

 

No está en la naturaleza del escritor percibir la influencia del subconsciente en sus líneas, influencia que, en muchos casos, es causa de su genio, pero r[][esulta curioso, cuando menos, el paralelismo de la vida sentimental de Andersen con la del cisne blanco,

La infructuosa búsqueda de pareja, el deseo reprimido, la incapacidad, en definitiva, de saber amar, tal coincidencia no puede ser casual.

Una secreta satisfacción me tienta. Al parecer, había descubierto uno de esos mensajes ocultos de nuestro otro yo de los que hablan los estudios literarios modernos. Uno de esos eslabones inmateriales que unen la obra con su autor.

Mi ego, consciente –no quiero ni pensar en el subconsciente–, pierde ya todo atisbo de modestia y pronto imagino una edición especial anunciando el descubrimiento: El Patito feo I y II, Las Perversiones de un cuentista, por Andersen-Juaniquito.

Incluso sopeso, con alguna inquietud, la posibilidad de que algún brillante investigador del futuro descubra qué sé yo en mis cuentos.

Pero sigo leyendo el artículo de Wikipedia y no tardan mucho en derrumbarse estrepitosamente mis ensoñaciones.

 ¡Qué iluso! Ahora lo veo claro.

No necesitaba Andersen –el bueno de Hans, creo que le califiqué al principio, ingenuo de mí–, de improntas y estímulos para saber cuál sería el destino del patito feo, él ya lo sabía.

Temo que este pobre cuento que acabáis de leer no tiene nada de original. Andersen, simplemente, no creyó necesario, ni oportuno, contar toda la historia, lo esencial estaba ya allí, para quien quisiera leerlo.

Al fin y al cabo El Patito Feo no es más que un inocente cuento infantil.

Andersen no era el ingenuo patito feo, ni siquiera el romántico cisne blanco, Andersen era, y estoy seguro de que él lo sabía, el cisne oscuro.

¿Cómo si no pudo escribir esta suplica en su diario?

 «Todopoderoso Dios, tú eres lo único que tengo, tú que gobiernas mi sino, ¡debo rendirme a ti! ¡Dame una forma de vida! !Dame una novia! !Mi sangre quiere amor, como lo quiere mi corazón!»