El zorro y el cuervo 2ª Parte

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Al día siguiente, de nuevo hambriento, el astuto zorro volvió a pasar bajo el árbol del cuervo.

–Me alegro de verte, amigo cuervo, príncipe entre los pájaros, tu hermosa voz, la elegancia de tus proporciones, la belleza de…

–Cierra esa boca embustera que hoy no hay que comer –dijo el cuervo secamente, acordándose del hermoso racimo de uvas.

–Oh, amigo mío, avergonzado vengo a presentarte mis disculpas y aunque no merezca perdón, como tú bien sabes el hambre no atiende a razones y te nubla el entendimiento.

–Arrepentido pero con la barriga llena, ¿eh?

–Espero que sepas perdonarme y que ese desagradable incidente no altere nuestra amistad. Debes saber que mis palabras de elogio son sinceras y que de verdad creo que eres la más bella de las aves. Todavía resuena en mis oídos la armonía de tu canto.

–A mi me resuenan las tripas –contesto el cuervo con frialdad pero sin poder dejar de sentirse halagado.

–¿Me pregunto si tu virtuosismo en el canto se extiende también a la danza? Qué maravillosa criatura aquella que domine las artes del cuerpo y la gracia, ¿no crees?

–¿No pretenderás que me ponga a bailar con la barriga vacía? –respondió el cuervo sin entrar al trapo.

–También yo tengo hambre –reconoció el zorro con un bostezo–, lo que a ti te hubiese saciado a mí sólo me ha abierto el apetito.

–Vienes a pedir disculpas o a burlarte.

–No, no, por favor, perdona mi torpeza –se apresuro a disculparse el zorro consciente de su error–, sólo quise enfatizar lo infame de mi acción ante tan poco botín. Sí quieres, regurgitaré las uvas para que puedas comértelas.

El cuervo dudó un momento y finalmente dijo: –¿Te crees que soy tonto o qué? ¿De veras piensas que voy a bajar al suelo? Me comes a mí y de postre las uvas.

–Veo que no confías en mí y eso me duele –dijo el zorro con una tristeza muy convincente–. Lamento que interpretes mi gesto de esa forma cuando sólo he pretendido enmendar mi falta –añadió, ahora si, con sinceridad.

–De todas formas prefiero el hambre a tus nauseabundos vómitos –replicó el cuervo con una mueca de asco.

–Bueno, amigo cuervo, me despido entonces. Sólo espero que llegue el día que pueda, de alguna forma, compensarte lo perdido y demostrarte mi amistad –y como encogido y con el rabo entre las piernas, dramatizando, empezó a alejarse.

Pobre zorro –pensó el cuervo al verlo tan abatido–, quizás había sido demasiado severo con él.

–¿Dices en serio lo de recompensarme, amigo zorro?

–Dime cómo y lo comprobarás –respondió de inmediato el zorro recobrando la compostura.

–Se donde hay un rico panal repleto de miel, pero tan duro y resistente que mi pico no puede romper

–Indícame el camino y mis garras lo abrirán, la miel más dulce, la jalea real, será para ti –juró el zorro. Después de todo, iba a llenar la barriga.

Sin más palabras el cuervo alzó el vuelo y guiando al zorro a través del bosque alcanzaron el borde de un claro donde un centenario roble aún acaparaba el sol.

–En el tronco hueco de ese árbol se esconde el panal –dijo el cuervo señalando el viejo y retorcido árbol que, sin entrañas, languidecía cubierto ya de hiedras, parras y enredaderas–. Espero que no olvides tu promesa.

El zorro no escuchó siquiera el comentario, salivando ante la idea de la rica miel se abalanzó hacia el hueco y metiendo dentro la cabeza, husmeó.

Un sólo zarpazo bastó al enorme oso para matarlo. De un mordisco le arrancó la cabeza y, asomándose fuera, se la lanzó al cuervo con un guiño de complicidad.

Los ojos, muy abiertos, fue lo primero que comió. De postre, uvas.

Reservó un bonito racimo y, satisfecho, bailó.