Hermafrodita

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No cruzaron palabra el resto de la noche.

A media mañana la cálida neblina aún persistía y una irresistible sensación de humedad lo impregnaba todo. Con deleite, saboreando el momento, tan lentamente que semejaba cautela, el caracol sacó los cuernos al sol.

El vecindario bullía de actividad, cientos de caracoles se despertaban resacosos de la frenética noche.

Un vistoso caracol con una musculosa y viril mitad masculina cruzó ante ellos y Paqui ni siquiera lo miró.

–De veras que lo siento –dijo sinceramente Francisco, Francis, como le gustaba que le llamaran–, no te enfades conmigo, por favor.

Paqui no contestó, se debatía en un tumulto de sentimientos que no sabía expresar. Las palabras de Francis la entristecieron, odiaba a ese babosa tanto como lo quería. Por una parte se sentía afortunada de ser su compañera, era cariñoso, divertido y buen amigo, y los largos veranos dentro de la espiral pasaban volando con su ingenio y su conversación, sin duda se llevaban mejor que la mayoría de los caracoles. Pero por otra parte, un caracol tiene que amar y ser amado, y tiene que ser, los dos a la par. Y Francis, su siamés, tiene esa tendencia tan peculiar, como lo diría, distraído.

–He pensado mucho en nosotros esta noche –dijo al fin.

–No volverá a pasar, Paqui, te prometo que la próxima vez…

–No, no quiero más promesas. ¿Sabes?, anoche, por primera vez en mi vida me sentí dispuesta, nerviosa, anhelante, escandalizada por mi lujuria.

 A Francis le remordió la conciencia pero no pudo dejar de sentir un escalofrío al recordar las babas de esa hembra voluptuosa rezumando sobre él. Tan rápido como pudo, se retrajo a refugiarse en la concha, claro que, arrastrando consigo a su húmeda compañera.

–Fue humillante y vergonzoso –dijo para sí Paqui.

–También lo fue para mí –susurró con tristeza Francis.

–Lo sé –dijo Paqui mirando a Francis al ojo– y soy yo la que debe pedir disculpas, al fin he comprendido que debo aceptar como eres y no tratar de empujarte a situaciones tan desagradables. Creo que podré vivir en castidad,  tu amistad es más importante para mi.

–¡Oh, Paqui! –sonrió Francis como sólo él sabía hacerlo–. Te quiero tanto.

En ese momento un hermoso caracol de concha abombada se acercó a ellos.

–Me concede un paseo, señorita –dijo su masculino dirigiéndose a Paqui.

–Nos gustaría estar solos, gracias –dijo, demasiado fríamente.

–Quisiera presentarme si me lo permite, mi nombre es José y desde anoche…

–Perdona, pero no hemos dormido mucho y estamos un poco cansados. Quizás otro día.

–Precisamente nosotros tampoco hemos pegado ojo…

–Lárgate, ¿quieres? Pesado. Déjalo ya, ¿vale?

–Paqui, mujer –dijo Francis.

–Perdona mi insistencia pero anoche nos cautivó la mucosidad de vuestro rastro y, al seguiros, no pudimos dejar de observar la embarazosa situación que protagonizasteis con aquellos groseros malhablados y…

Paqui y Francis enrojecieron de vergüenza.

–No, no, no me malinterpretéis, sólo queríamos conoceros y…

–¿No lo comprendes? –dijo Paqui.

–Ésta es María José, mi compañera –dijo José, sin escucharla, dirigiéndose a Francis.

–Llámame Pepe –dijo María José, con voz profunda.

–Fran.. Francis, me llamo Francis. Pepe.

Paqui la miró sorprendida por su tono de voz, a Francis, embobado, se le caía una vela de mocos; miró a José desconcertada, y éste, con una sonrisa de complicidad de Pepe, se lo explicó.

–Sí que lo comprendo, preciosa, sí que lo comprendo –dijo mientras la envolvía con su manto.

Y sobre la hierba verde agua, la luz, azul, convirtió el calcio en nácar.