La alondra del Atlas

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A Dumas, mi querida amiga.

Si en otra vida eres humana yo quiero ser tu bestia.

 

 

I

La herradura yacía semienterrada. Dudé un momento, sin atreverme siquiera a tocarla, hacía tantos días que no veíamos signo alguno de presencia humana que aquel trozo de hierro, toscamente trabajado pero ajeno a la geología, se me antojó algo singular y misterioso, de otro mundo.

Al fin, la extraigo con cuidado. Parece muy antigua, una pátina de óxido achocolatado la recubre por completo dándole la apariencia del cuero viejo. No tiene la típica forma de herradura, los extremos de sus brazos se unen cerrándola, y el arco es mucho más estrecho que los brazos. Me incorporo con ella en las manos, al desprendérsele los últimos restos de tierra aparecen unos orificios cuadrados, dos en una pata y tres en la otra. No, tiene tres en cada lado, la cabeza de un clavo se mantiene en su sitio, tan remachado ya que casi no se aprecia. Miro a mí alrededor. Es difícil imaginar a alguien perdiendo aquí una herradura. Sonrío para mis adentros, ¿y yo?, ¿que hago yo aquí, desenterrando el pasado en este remoto rincón del Atlas? No encuentro razones, no sé qué me ha traído aquí, no huyo ni quiero olvidar, no tengo promesas ni se me ha perdido nada, sin embargo, aquí estoy, recogiendo chatarra en un inhóspito pedregal castigado por el sol, el sol africano, mucho más grande y cercano que el de Andalucía.

Decido esperar a Ib-Majib que, como siempre, se ha quedado atrás. Busco una roca donde poder sentarme.

Majib camina despacio pero mantiene, lo que yo llamo, su velocidad de paseo; sin importar lo pedregoso del camino ni la pendiente a salvar, él, indiferente, mantiene el paso. A veces creo que cuando levantamos el campamento por la mañana Majib se queda atrás deliberadamente para, de alguna forma, desaparecer dejando en su lugar una especie de holografía que solo yo veo y que se dedica a seguirme. Por fortuna, su perro, un viejo y desgreñado chucho que cojea de una mano, Mi Querido Amigo, como Majib le llama, también le ve y no se despega de él ni un sólo momento. Mi Querido Amigo y yo no nos llevamos demasiado bien y solemos evitarnos, y si no, ignorarnos.

Por la noche, en cambio, Ib-Majib es el perfecto compañero de acampada, prepara el té como nadie y su charla, profunda y sincera, estimula la lógica y la imaginación; en cierto sentido, creo que me considera su discípulo y que sus relatos no son más que parábolas que esconden una oculta enseñanza. Algún día, no sé, cuando tenga lápiz y papel, los escribiré.

En lo posible evitamos pueblos y carreteras, siempre nos la apañamos para encontrar un sendero, a veces sólo una vaga forma del terreno, una curva de nivel, que seguimos despreocupados. Yo cito a Machado y él a Mahoma.

Siempre hacía el norte, adentrándonos en las montañas. Desde que salimos de Marrakech, hace ya casi tres meses, andamos desaparecidos.

II

A principios de abril, Pili, mi hermano Manolo, su mujer y yo nos habíamos embarcados en Tarifa rumbo a Marruecos. Todas las ideas preconcebidas que llevábamos desaparecieron nada más poner rueda en Tánger. Salimos de allí como pudimos y, sorteando vendedores de hachis y policías haciendo la carretera, llegamos a Chechaouen en pleno corazón del Rif.

Con su pequeña medina repleta de tesoros, con sus fachadas encaladas y sus puertas azules, con sus artesanos trabajando en la calle y con un espléndido almuerzo Chechaouen nos hechizó, despojados ya de miedos y recelos, impregnados de su magia, pusimos rumbo a Fez.

La medina vieja de Fez, Fés el Bali, es uno de esos pocos lugares, quizás junto algún legendario valle del Himalaya o alguna ciudad centroeuropea sumida en la niebla, en los que el tiempo se ha detenido; la única diferencia es que Fés el Bali es real.

No perderse en sus calles es tarea imposible, así que, a pesar de una ligera resistencia inicial de mi hermano, nos perdimos inmediatamente. Pronto nos dimos cuenta que era la mejor forma de conocer sus secretos, guiados por sus olores, por sus formas y colores, por sus rumores, cuatro intrépidos exploradores se adentraron en Fés el Bali.

Atravesar sus murallas es viajar a la época de los Meriníes. Madrazas y medersas, mezquitas y palacios, zocos, talleres y curtidurías, todo ha permanecido ajeno al paso de los siglos; sus gentes, ignorantes de tal hecho, llevan una vida normal, próspera diría yo, gracias a los pintorescos viajeros que, como nosotros, la visitan.

No podría decir cómo se llamaba el palacio, ni siquiera cómo llegar a él, pero allí estaba, ajeno al bullicio, al comercio, inmenso, imposible en una ciudad de calles retorcidas y casas apretadas. Una extraña atmósfera, limpia y silenciosa, casi incompatible con la del exterior, nos envolvió al atravesar la fea tapia y entrar en el jardín que lo separaba de la medina.

El jardín es sencillo y bello, y tan agradable que, sin darnos cuenta, nos alivia de ese fanfarrón lenguaje corporal, mitad valor mitad miedo, que el instinto nos impone. Quizás por ese motivo ocurrió entonces un suceso curioso que en aquel momento no supuso más que una anécdota divertida pero que ahora… Bueno, creo que allí empezó todo.

En una pequeña glorieta de un rincón del jardín, una fuente de mármol canturreaba bajo palmas y albaricoques, sin dudarlo un momento hundí en ella mi rostro y con las manos me refresqué con deleite la nuca y la frente. De pronto, justo cuando sacaba la cabeza del agua por segunda vez, un anciano, envuelto en una desteñida chilaba que en otros tiempos sería de rayas azules y blancas, salió no se sabe de dónde, gritándome improperios en árabe y haciendo molinetes con un bastón.

Intenté tranquilizarlo acercándome a él y presentándole mis disculpas de la mejor manera que pude. Creí que ya me daba un bastonazo cuando nuestras miradas, por un instante, se cruzaron, quizás comprendió que mis disculpas eran sinceras, quizás solo pretendía asustarme, lo cierto es que, súbitamente, se detuvo.

 − Está prohibido lavarse y beber en la fuente −me dijo, esta vez en un perfecto castellano.

 − Pues no debería estarlo −repliqué sorprendiéndome a mí mismo ante tan inadecuada respuesta, merecedora, ahora sí, de un bastonazo; casi instintivamente me dispuse a esquivarlo, pero el viejo permaneció impasible, incluso me pareció vislumbrar una especie de sonrisa en su rostro. Sin decir una palabra se alejó apoyado en su bastón.

 A mis compañeros de viaje el episodio parece que les resultó de lo más divertido y me recibieron con risas y muecas de no se qué cara que yo había puesto.

 − Anda, anda, y deja de hacer monerías −me dijo mi mujer ante el jolgorio general.

Entramos en palacio. La austeridad de la tapia y la sencillez del jardín se transformaron entonces en fantasía. La magia de Oriente nos envolvió como en un cuento, irremediablemente nos convertirnos en sultanes y princesas, en bailarinas y poetas, en ladrones y concubinas.

Pronto nos separamos, absortos unos con los espléndidos artesonados de madera que cubrían los techos, hipnotizados otros por los intrincados arabescos que miles de teselas de azulejo verdes, rojas, azules y blancas formaban en suelos y zócalos; el trabajo en yeso que cubría las paredes llevaba el sello de artesanos andalusíes. Bagdad, la Alhambra, India, Las Mil y Una Noches.

Las amplias salas se disponen abigarradas, comunicadas entre sí de forma caótica, como si el arquitecto no hubiese podido abstraerse a la estética de la medina. Una de las salas, flanqueada por dos chimeneas y con cuatro grandes cristaleras abiertas a un gran patio que la llena de luz, me parece especialmente bella. Una tarima de imbricada talla, estratégicamente situada, me hace comprender que me hayo en el salón del trono; llamo a los demás para impresionarlos con mi descubrimiento pero están distraídos haciendo fotos; como la cosa tiene pinta de durar me decido a inspeccionar más de cerca una de las chimeneas −nunca había imaginado que los palacios árabes tuviesen chimeneas−. Al acercarme me llama la atención una pequeña abertura en la pared, tan mimetizada por la perspectiva que casi sólo es visible desde donde me encuentro; da paso a un pasillo muy estrecho, apenas suficiente para que pase una persona. Una cadena colgada de una aldabilla impide el paso a turistas curiosos. Acordándome del incidente de la fuente, la salto con cuidado.

Después de dos o tres metros el corredor gira bruscamente un par de veces convirtiéndose de repente en un oscuro y misterioso pasadizo secreto. Casi a tientas descubro una bifurcación lateral, accede directamente a una sala cuadrada de, relativamente, escasas dimensiones, una chimenea y un pequeño gabinete oculto tras una celosía ocupan las dos paredes laterales; frente a la puerta falta el lecho, pero al punto comprendo que se trata de los aposentos del sultán. Sin duda, las secretas galerías permitían al sultán retirarse discretamente de las tediosas recepciones cortesanas.

Satisfecho de mis conclusiones me apresuro a explorar el resto del pasillo; dos curvas ciegas hacen, si cabe, más emocionante el trayecto, al fin, el túnel desemboca en una gran sala, larga y espaciosa. Esta vez el acceso desde la sala no es una discreta puerta camuflada, sino un gran arco primorosamente labrado para llamar la atención. En un primer momento, dos grandes tinas talladas de una pieza en mármol blanco me inducen a pensar que se trata de los baños reales pero súbitamente comprendo mi ingenuidad.

Me hayo en el harem.

Imposible no imaginar mullidos cojines y vaporosas prendas, el agua tibia de las bañeras, el calor de la carne caliente.

Cortinas de seda tejidas de tal forma que resultan etéreas desde el interior y opacas a miradas indiscretas desde el exterior separan el harem de una antesala abierta al gran patio, donde, sentados en la fuente central, están los fotógrafos.

Me detengo ante uno de los dos gabinetes que se abren en los laterales de la antesala, me recuerda a la pequeña estancia oculta tras la celosía que encontré en la alcoba del sultán. Me maravillo de sus artesonados, un minucioso trabajo de marquetería, tan intrincado y a la vez tan natural, caótico y lógico, fractal. Música, la música de exóticos instrumentos; dos gabinetes: árabe y bereber. De mayor quiero ser sultán.

Silbo esa melodía que me sale tan bien para ver que tal suena la acústica.

 − Muy pocos en Fez se atreverían a silbar en palacio…

Me giro rápidamente al reconocer la voz y, efectivamente, el anciano, el guardián de la fuente, está allí, sentado bajo el umbral de la puerta, justo donde nadie había un instante antes.

  • …y ninguno donde tú lo estas haciendo −siguió diciendo.

 − Perdóneme de nuevo −le digo encogiéndome de hombros−, no sabía que…

 − No importa, muchacho −me interrumpe tranquilizándome con un gesto, pero añade−: ya sé que te gusta hacer monerías.

Muy gracioso el viejo este; sí señor, muy gracioso.

 − ¿Qué quieres?, ¿unas monedas? −pregunto desafiante−. ¿Problemas con tu fe?

El viejo me mira en silencio, estudiándome, sin saber muy bien que pensar de mí. Decido no dejarlo pensar más.

 − Ya que nos encontramos continuamente más vale que nos presentemos, ¿no le parece? −le digo tendiendo la mano− Juan, de Morón de la Frontera, allí por Al-andalus.

 − Ib-Majib −dijo estrechándome una huesuda mano−, bienvenido a Fez. Puedes guardarte tus monedas, muchacho, y no, no hay ningún pecado en ello, se trata sólo de una antigua leyenda que, según cuentan, ocurrió en este mismo lugar, habladurías, nada importante.

 − ¿Nada importante y nadie en Fez se atreve a silbar?

 − Bueno, una cosa es segura, Juan, no subestimes nunca el poder de la sugestión.

 − Puedes llamarme Juaniquito −le digo sentándome a su lado− es cómo me llama todo el mundo.

III

Dicen que fue Velsouke, el caballo moro de Yussuf, el primero en caer bajo el embrujo de su música. Sin atender a las riendas que tan ciegamente había obedecido en combate, condujo a su amo a una pequeña hondonada donde resonaba el hermoso trino de un pájaro. Una alondra del Atlas, pensó Yussuf que en innumerables ocasiones había oído hablar maravillas de su legendario canto. Gratamente sorprendido por el buen gusto de su montura, la dejó ir.

Yussuf, victorioso en los campos de Chefrin y Kash Tadlim cruzaba las montañas por segunda vez, erguido sobre su majestuosa montura,  el cabello largo, la barba ya incipiente y su imponente águila posada en el brazo, su estampa estaba muy lejos de aquella otra de huida y exilio de su primer viaje.

El canto de la alondra produjo en Yussuf una desconocida sensación de paz. Tras su aplastante victoria no había tenido un momento para el sosiego y estas mágicas notas habían logrado lo que no pudieron los laureles. El usurpador había sido capturado; su familia, sus esclavos y sus animales fueron mandados traer para ser degollados en su presencia, tras lo cual, Yussuf en persona, le abrió el pecho con tal precisión, que los ojos de aquel desgraciado, aún con vida, pudieron ver como se comía su corazón; sin embargo, cuando aquellos horrorizados ojos dejaron de ver Yussuf escupió su macabro bocado, incapaz de tragárselo.

Su infancia en palacio sólo eran escenas inmóviles, entrañables pero tan vagas e idealizadas que no sabía si eran verdad. Todos estos años se había impuesto como “su primer recuerdo” la sangre de su madre salpicándole la cara, pero ahora ya nada le impedía reconocer que recordaba la sonrisa que su tío, el usurpador, le dedicó aquella mañana, y como él, no la comprendió. Sólo la rapidez y lealtad de su esclavo Jubha le había salvado la vida; con él bajo un brazo, su alfanje ensangrentado se abrió camino hasta la calle, allí, la medina se los tragó. Aquella misma noche, a lomos de Velsouke, alcanzaron las montañas.

El trino de la alondra sonaba cada vez más cercano, parecía provenir de la sombra que proyectaba una pequeña cornisa de roca. Velsouke la escaló sin dificultad y se detuvo.

Sentado de espaldas a ellos, ajeno a su llegada, un pastor, apenas un muchacho, tocaba la flauta para un público de distraídas cabras.

A sus pies, una alondra le escuchaba ensimismada.

Velsouke, siempre inquieto y fogoso, no movía una pestaña. Yussuf jamás lo había visto tan tranquilo y sosegado. Parecía en estado de trance, absorto, rendido a la música de aquel muchacho. Yussuf comenzó a sentirse incómodo, el pastor tocaba la flauta realmente bien pero no comprendía el efecto que su música producía en su caballo. Le acarició el cuello y ni siquiera lo notó. La alondra, en un estado similar, inmóvil sobre una piedra, no parecía estar en este mundo. Sólo las cabras y él no participaban de lo que allí ocurría.

Yussuf, victorioso en los campos de Chefrin y Kash Tadlim, y legítimo Señor del Atlas, ignorado por animales y pastores. Lentamente, comenzó a desatar la caperuza de la magnífica águila real −regalo de los mercenarios turcos a su padre, fue la única de las bestias de palacio que consiguió dar con él en las entrañas del Atlas−.

Ni esperaba ni demandó permiso, sus fríos ojos se posaron en la alondra y alzó el vuelo.

Quizás asustado por el inesperado aleteo del águila, quizás a causa de que el muchacho dejó de tocar, Velsouke se alzó impetuoso sobre sus cuartos traseros levantando las manos hacía el cielo al tiempo que lanzaba un ensordecedor relincho. La reacción de Velsouke pilló completamente por sorpresa a Yussuf que a pesar de ser un avezado jinete fue a caer con sus huesos a los pies del muchacho.

La caída fue muy aparatosa pero Yussuf se puso en pie de un salto, más dolido en su orgullo que en sus carnes. El muchacho, que no le había dado tiempo ni a levantarse, miró asombrado como Yussuf se sacudía el polvo aparentando que nada había ocurrido. Un hilillo de sangre le corría por la frente

En ese momento apareció sobre la cornisa Jubha. El gran alivio que le produjo el ver a su amo ileso no consiguió borrar de su rostro la culpa y la vergüenza por haber descuidado su protección. Antiguos fantasmas volvieron a su mente.

Ambos lo observaban expectantes, desconcertados, sin embargo, Yussuf no podía comprender el porqué de su desasosiego; todo estaba bien; la ira, el odio, el miedo, habían  desaparecido. Sintiéndose, por vez primera en mucho tiempo, realmente bien, sonrió al muchacho y a Jubha, Años después Yussuf recordaría aquel momento de feliz ingenuidad como el más precioso de su larga existencia.

De un salto montó a Velsouke. Un escalofrió recorrió el cuerpo del caballo al sentir el contacto de su amo. Fue solo un instante, pero Yussuf lo notó; sintió la tensión de los músculos reprimidos, el pálpito inconcluso bajo la piel, sintió el horror de su montura, ese horror que es tan viejo como el depredador.

Fue solo un instante, pero todo cambió.

− Será un buen músico de palacio− dijo sin mirar a Jubha. Sabía que bastaría.

Fustigando brutalmente a Velsouke se lanzó al galope sobre la pedregosa meseta.

IV

Al empezar a subir la colina, Shasmin se extrañó de no escuchar la flauta de Chesani, siempre la recibía con su música, bueno, casi siempre. Shasmin ocultó una sonrisa de enamorada con sus manos, se lo imaginó escondido ingenuamente tras una cabra o una roca, dispuesto a lanzarse sobre ella a la menor oportunidad para alzarla en sus brazos. Ya divisaba el rebaño y ni rastro de Chesani. Sus pasos eran tan coquetos y femeninos que no consiguió dar la más mínima credibilidad a sus fingidas llamadas de preocupación.

No pudo recordar, después, cuándo comenzó a enfadarse, cuándo a inquietarse, ni cuándo, muerta, cayó.

Fue Abdellah, el abuelo de Chesani, quien la encontró. La flauta, una raíz de cedro que cobró forma en sus manos mientras Chesani crecía en el vientre de su hija, estaba a pocos pasos, junto a unas gotas de sangre.

V

No hubo glorioso desfile ni exacerbado recibimiento de la población, para la medina la llegada del nuevo sultán pasó tan inadvertida como su precipitada partida. Nadie prestó atención alguna a un semidescalzo y desaliñado jamelgo, tan exhausto que casi se caía muerto, que recorrió las calles en dirección a palacio.

Solo ya dentro de palacio, en sus jardines, permitió Yussuf que Velsouke se refrescara en unas de sus fuentes.

Pronto quedó claro que la corte del nuevo sultán no iba a ser muy festiva, Yussuf no reclamó ningún servicio y se encerró a solas en sus habitaciones.

A la mañana siguiente entraba triunfante en la ciudad Jubha al frente del ejército, maniatado a su montura caminaba Chesani.

− Será un buen músico de palacio− le dijo al alguacil. Sabía que bastaría.

La vida en la corte era monótona y aburrida, el sultán vagaba por palacio indiferente a todo, ni el reino ni el gobierno despertaban en él el más mínimo interés, desdeñaba los más exquisitos manjares, parecía aborrecer la poesía, jamás un dado salió de su mano ni movió una ficha de ajedrez. El harem, desatendido, se culpaba de su suerte. Tal era la desidia y la apatía del sultán que incluso surgieron rumores de que era un impostor, de que el verdadero sultán, el pequeño heredero, no había sobrevivido a las montañas y de que él, al mando de sus ejércitos, se había adueñado de su nombre y de su cuna. Nadie, sin embargo, sabía la verdad, incluso el propio sultán se preguntaba si tenía las manos manchadas de sangre.

Chesani, su cuerpo, no consintió en morir. El tiempo y los demás músicos se fundieron con él en una fría y dura aleación, insensible, metálica. A pesar de todo, Chesani daba gracias a Dios por dos cosas: Shasmin desconocía su suerte, abuelo no lo consentiría; lo más probable es que un viejo león del Atlas, quizás ya enfermo o herido, cargase con las culpas. Pero sobre todo, Chesani agradecía a Dios que le hubiese permitido, aunque solo fuese una vez, con las luces de Mizar y Deneb como testigos, sellar su amor con Shasmin.

Un buen día estuvo listo para tocar en palacio.

El nay, la flauta de caña tradicional, no poseía la calidad sonora de su pequeña flauta de madera pero Chesani consiguió extraer de él toda la música que atesoraba. No tenía otro propósito.

La velada de aquella noche fue mágica. La atmósfera de tristeza y pesadumbre que se había instalado en palacio se disipaba a cada nota, las bailarinas danzaron ligeras, los músicos, por primera vez escucharon música. Toda la corte se contagió de aquel sonido vivificador. El propio sultán, siempre ausente, fue alcanzado por esa áurea de bienestar, de cálida sensualidad. Aquella noche, en el harem, cada concubina, cada mujer, le hizo el amor.

La música también provocó en Yussuf una olvidada sensación de paz. De forma inaudita se levantó de su lecho y se acercó al pequeño gabinete donde Chesani tocaba la flauta. Hasta estar casi a su lado Yussuf no reconoció al músico. ¿Cómo pudo haber olvidado a aquel muchacho? ¿Es, quizás, la memoria capaz de ocultar deliberadamente un recuerdo? ¿Qué criterio la lleva a discernir qué olvidar? Súbitamente comprendió la precipitada llegada a palacio, los días monótonos y vacíos, las ganas de nada.

− ¿Dónde has estado? −preguntó.

− Las heridas tardaron en sanar −dijo Chesani sin levantar la mirada.

− ¿Heridas?, ¿qué heridas?

Chesani, esta vez sí, miró a los ojos a Yussuf. Levantándose la chilaba se las mostró.

Aunque peligrosa a su edad, la castración era imprescindible para entrar a servir en la corte, se evitaba con ello la distracción de las damas y la improvisación de los músicos.

Aquella tarde, después de mucho tiempo, Yussuf y Velsouke cabalgaron juntos.

La vida en palacio fue muy distinta a partir de entonces. El sultán pareció volver a la vida, huía ahora de la soledad y el silencio; se rodeó de artistas y poetas, de bailarinas y cortesanos, incluso tomó esposas, deseoso de perpetuar su dinastía. El nuevo estado de ánimo del sultán se extendió pronto por toda la corte, las fiestas y banquetes se sucedían y, noche tras noche, el sultán se retiraba al harem hasta altas horas de la madrugada.

Yussuf y Chesani se hicieron muy buenos amigos, solían dar largos paseos por los jardines de palacio, jugaban al ajedrez o simplemente, como dos iguales, conversaban sobre las cosas del mundo. Nadie en palacio reparaba en ellos salvo Jubha, que estaba encantado con tal amistad.

Por la noche cada uno ocupaba su lugar. Chesani, desde su pequeño gabinete sumía al harem en un frenesí de lujurias y pecados, su flauta gemía y suspiraba amores provocando en la corte un estado de comunión, de entrega y deseo que Yussuf seguía sin comprender.

− El ansia de venganza salvó una vez mi vida −se sinceró un día Yussuf− pero a veces pienso que el precio fue demasiado alto. La venganza −continuó− , el ansia por llevarla a cabo, por ejecutarla, te mantiene vivo, incluso cuando la muerte llama, ella te aferra a la vida, te da un propósito, una poderosa razón, pero, esa necesidad se convierte pronto en obsesión, poco a poco pero inexorablemente conquista todos los santuarios del alma; sí, estás vivo, pero sólo tienes un anhelo que lo ocupa todo, ningún sentimiento, ningún deseo, nada ni nadie tiene ya cabida en tu corazón −Yussuf escuchaba sus propias palabras sorprendido ante su sinceridad, agradeció el silencio de Chesani permitiéndole continuar−. Mísera vida la del que clama venganza, pero aquel que tiene la desgracia de consumarla, de saciarse, como hice yo, se queda sin nada, sólo un vacío similar a la muerte. De allí me rescataste, amigo mío.

− A veces pienso que es mejor perdonar.

 

VI

Abdellah, el abuelo de Chesani, convocó de urgencia a los ancianos de todas las tribus, la situación le desbordaba.

− Yo he conocido el amor −replicó de nuevo Shasmin−, fue breve, sí, un instante, pero tan intenso, tan sincero que sobrevive a la muerte, que sobrevive a la vida. Yo ya entregué mi corazón y sabe Dios que jamás lo reclamaré. Soy yo quien debe esposarse con el sultán, no permitiré que una niña inocente deje de suspirar. ¿Por qué debe una doncella entregarse sin amor, abrir su vientre sin sentir que se abre desde dentro?

− Hablas presa del dolor, Shasmin, la desgracia es tan reciente y la pérdida tan grande –dijo el anciano mientras envejecía aun más.

− ¿Creéis que la Shasmin que conocisteis aún existe? −preguntó Shasmin al consejo y todos callaron.

Salió de la gran jaima como había entrado, sin ser invitada a hacerlo. Durante cuatro días y cuatro noches Shasmin esperó ante la tienda mientras el consejo tomaba una decisión.

No es posible interferir en el destino, concluyeron.

Al amanecer del quinto día, Abdellah prendió una gran pira y las montañas lloraron la partida de Shasmin.

 

VII

La ceremonia fue fría y corta, más diplomática que religiosa, no en vano sólo se trataba de un requerimiento tributario del sultán. Chesani no intervino, en las noches de boda el sultán gustaba de reservarlo para la alcoba.

Shasmin entró temblando en los aposentos del sultán, la habitación era pequeña, una chimenea, una mampara de celosía y el lecho donde el sultán la esperaba.

− Desnúdate −ordenó el sultán al ver que la muchacha dudaba.

Cualquier atisbo de la timidez que se presumía en una doncella desapareció con su vestido, desnuda, con sólo un pequeño amuleto al cuello, se mostró orgullosa, bella; sus ojos, negros como la noche, serenos y fríos.

Yussuf se estremeció ante aquella mujer que resplandecía como una diosa de porcelana; un imperioso deseo, nunca antes experimentado, se apoderó de él, necesitaba tocarla, sentir su calidez, su suavidad, los latidos de su corazón contra su pecho, el calor de sus entrañas. Dejándose llevar por la pasión, Yussuf, tomándola de la cintura, la atrajo hacia sí.

El sultán, temblando, hizo sonar un pequeño cascabel, la señal convenida, y la música inundó la estancia. Shasmin creyó volver a nacer, o quizás a morir, esa música, que ella conocía tan bien, solo podía provenir del cielo. Rechazando bruscamente a Yussuf abandonó el lecho y apartó la celosía.

Chesani dejó de tocar, la flauta cayó al suelo. El mayor de sus temores se había hecho realidad, su amada, aquella que debía creerlo vivo tan sólo en su corazón, se hallaba ante él, desnuda, más bella de lo que podía recordar. Incapaz de decir nada, se avergonzó.

Shasmin se lanzó sobre él con lágrimas en los ojos pero, antes incluso de que Chesani pudiese notar su calor, Yussuf se la arrancó de los brazos, abofeteándola tan bruscamente que ésta cayó al suelo.

− ¡No la toquéis! −gritó Chesani–. Es Shasmin, mi amada, aquella de quien te hable −dijo intentando hacer comprender a Yussuf.

− Ahora es mi esposa −contestó Yussuf lleno de ira− llevadla al lecho −ordenó. − Y tú, −hizo una pausa premeditada y añadió− eunuco, recoge la flauta y toca.

− Jamás la poseerás −dijo Chesani sin moverse−. Tú tampoco eres un  hombre.

Las palabras de Chesani sonaron carentes de pasión, no había en ellas odio ni desesperación, no eran una advertencia, no había en ellas amenaza alguna, ni siquiera había color en los labios que las dijeron, pero la expresión de Yussuf al escucharlas heló la sangre del sultán, que incapaz de moverse, seguía en la alcoba.

Yussuf recogió la flauta del suelo, lentamente la examinó, sopesándola, calibrándola. Odiaba aquel instrumento con todo su ser.

− Si tú no quieres tocarla creo que yo la tocaré –dijo empuñándola−, tengo un matrimonio que consumar. Llévatelo al patio −ordenó a Jubha−, no muy lejos, quiero que la oiga gritar.

Chesani, culpándose de su impotencia, lloraba en el patio, en su desesperación casi no se da cuenta de que, enredado en sus dedos, tenía el amuleto de Shasmin, un trozo de madera, su flauta. Temblando se la llevó a los labios.

No puede describirse la música que surgió de aquella raíz.

Cuando los gritos cesaron Chesani dejo de tocar. Yussuf, que aún sostenía en sus manos la caña ensangrentada, retrocedió asustado al verlo entrar en la alcoba. En vano llamó a la guardia, ni siquiera Jubha apareció, pero Chesani no le prestó atención alguna, simplemente tomó a su amada entre los brazos. Ella le sonrió. Yussuf salió tras ellos llamando a la guardia a gritos, pero sus temibles jenízaros yacían en el suelo, unos gimiendo exhaustos, la mayoría desmayados. Todos los habitantes de palacio habían sido llevados por la música de Chesani hasta el límite de sus fuerzas en un paroxismo orgásmico. Cortesanos y sirvientes abarrotaban el patio semidesnudos, extasiados hasta la extenuación. Todos,  todos menos él.

Hasta Velsouke esperaba en el patio. Jubha, que había intentado sujetar al caballo, se encontraba bajo sus cascos con un brazo malherido.

− ¿Por qué siempre me habéis negado vuestro don?, ¿por qué ahora me negáis el castigo? –preguntó Yussuf.

Chesani montó a la grupa de Velsouke con Shasmin en su regazo, sólo pensaba en marcharse, no tenía que decir nada.

− Tú putita esperaba un hijo, ¿sabes? −mintió Yussuf−, un miserable bastardo.

− Yo te maldigo, Yussuf –Chesani, sabedor de que sus palabras supondrían también su condena, dudó un instante, miró a Shasmin, pálida como una muerta, y continuó sin titubeos− Moraras en el frío, vagaras sin descanso, creyendo oír mí flauta en cada sonido, en cada soplo del viento, creerás mil veces cada día que he vuelto a ti, a perdonarte, a castigarte, pero yo jamás volveré.

Sin silla, sin riendas, Chesani y Shasmin regresaron a las montañas a lomos de Velsouke.

VIII

Ib-Majib calló, sintiendo su ausencia respeté su silencio.

− Y no volvieron jamás −dijo al fin, dando por terminada la historia.

− ¿Qué ocurrió después? –pregunté.

− Bueno, con el sultán enajenado, el palacio pronto fue saqueado y abandonado instalándose en él la ruina y la maleza hasta que fue rehabilitado por un general francés, ahora, como ya sabes, está muy concurrido –de nuevo el anciano pareció perderse en el limbo, tras unos momentos continuó con voz queda− Yussuf perdió todo contacto humano, se abandonó a una existencia errante y solitaria. Sólo Jubha le acompañaba, siempre a una respetuosa distancia, siempre ignorado. Yussuf jamás tuvo un gesto con su fiel esclavo −continuó−, pero cuando a Jubha le llegó la hora su amo estaba a su lado. Tras la muerte de Jubha, Yussuf se volvió más irascible, acompañado solo de un perro, recorría incansable la medina, atraído por toda clase de sonidos para, invariablemente, sentirse frustrado. Fue en aquella época cuando la gente dejó de silbar, corría el rumor de que a quien Yussuf sorprendía silbando se le enfriaba la ingle para no volver a arder más.

− Joder con Yussuf, espero que no fuese verdad.

− Bueno, ya sabes, matas un gato y te ponen Matagatos –dijo Ib-Majib – ¿eh?, Mi Querido Amigo –añadió acariciando cariñosamente a su siempre inseparable perro.

− ¿Y qué fue de Chesani y Shasmin? –cambié de tema.

− Nadie volvió a saber de ellos, solo algún rumor sobre una esquiva alondra que habita las montañas y cuyo canto es tan hermoso que los viajeros, encantados por su melodía, se adentran incoscientes entre las cumbres; los que aparecen lo hacen con una sonrisa en los labios, despeñados en los más profundos barrancos.

 

IX

Dicen que sólo Constantinopla, vista desde Pera, al otro lado del Cuerno de Oro, y Jerusalén, desde el Monte de los Olivos, pueden compararse a Fez contemplada desde las colinas que la circundan cuando el atardecer ilumina sus rojas murallas y los vencejos la sobrevuelan, sobre todo, si aquella tarde has hecho el amor, disipando toda sombra de duda sobre la veracidad de la maldición de Yussuf.

A la mañana siguiente continuamos viaje. Casi sin darnos cuenta llegamos al Medio Atlas, atravesamos Ifrane con sus jardines y sus  estanques y Azrou con sus bosques de cedros y sus cráteres inundados.

El Rif y el Atlas Medio recuerdan mucho a Andalucía, alcornoques y chaparros, lentiscos, torviscos y una infinidad de hierbas y matas que huelen a Mediterráneo; a partir de aquí, sin embargo, la vegetación y el paisaje cambian completamente y una vez que te adentras en la garganta del Ziz, una enorme herida abierta en su piel, entras en África.

Las dunas de Merzouga, el palmeral de Rissani, el valle del Dadès, no hay nada parecido en Europa.

Cuando llegamos a Ouarzazate, cincos días después, bañarse en las fuentes azules del Meski, recoger fósiles en Erfoud o ver amanecer sobre las dunas y llover en el desierto nos parecía lo más natural del mundo.

Ouarzazate, justo a mitad del viaje, era el punto más meridional de nuestra ruta; a partir de aquí iniciábamos, por así decirlo, el regreso vía Marrakech, Meknes y Larache. A pesar de lo prometedor del trayecto no pude evitar el deseo de seguir adelante, algo en mi lamentó no haber continuado viaje a través del valle del Draa, hasta Zagora, desde allí parten caravanas de camellos a Tombouctuo.

No podía sospechar, sin embargo, que no llegaría a Marrakech.

Decidimos tomar la carretera vieja, mucho peor que la que los franceses construyeron a través del Tizi-n-Tichka pero que nos daba la oportunidad de visitar la legendaria fortaleza de Lawrence de Arabia y La joya del Nilo, Ait-Bennaddou.

Construidas del mismo barro sobre el que se asientan, con el mismo color, con la misma textura, la mayoría de lo poblados y kasbahs −fortalezas cuadradas y macizas flanqueadas por cuatro torres que albergaban, y todavía muchas albergan, un clan familiar− del Alto Atlas se funden en el paisaje, mimetizándose de tal modo que a veces los miras sin verlos, un simple accidente del terreno, agujeros en la tierra. Pero Ait-Bennaddou es distinta, no logra en lo más mínimo pasar desapercibida, a orillas de un gran rio −seco casi todo el año− el adobe rojo de sus torres, murallas y kasbahs se yergue surrealista sobre un lecho de palmeras, adelfas y tarajes. Pronto nos perdimos de nuevo, esta vez en un laberinto de callejuelas, patios, escaleras y azoteas.

Cuando la ves de cerca la magnífica Ait-Bennaddou, el barro del que está hecha, se te desmenuza entre las manos, convirtiéndose en poco más que unas zarrapastrosas ruinas; inexpugnables para los bandidos del desierto, sus muros y torres son, sin embargo, muy vulnerables al paso del tiempo; la lluvia, en particular, causa estragos.

Comprobamos con sorpresa que muchas de las casas y kasbahs están habitadas. Perdidos, más de una vez tuvimos que cruzar el patio o la cocina de alguien para volver a la calle. Una muchacha montada en un burro se arregla el pañuelo que le cubre la cabeza. Una ksar en particular llamó de inmediato mi atención, aunque era evidente que estaba habitada entré despreocupadamente. La cuadrada geometría exterior daba lugar a un patio extrañamente irregular, en uno de sus rincones un precario recinto hacía de cuadra, aperos y manojos de hierbas cubrían las demás paredes, varias gallinas de color crema picotean el suelo de tierra. Una sola puerta comunica el patio con el interior de la ksar; sentado en el sardinel, está Ib-Majib.

− Ya estabas tardando −le dije.

− No abandonare este mundo sin escucharla.

X

Aquel mismo día nos adentramos en las montañas en busca de la alondra del Atlas.

Mi hermano y mi cuñada intentaron disuadirme por todos los medios; creyendo que les ocultaba algo, no podían comprender mi decisión. Partieron seriamente preocupados por mi salud mental.

Pili, que tampoco comprendía nada, quiso venir conmigo. La última  vez que hable con ella, antes de que el móvil se quedara sin batería, me dijo que me quería.

Majib aparece ya por la base de la colina, Mi Querido Amigo sigue sus pasos.

El sol está alto en el cielo, un águila recorre las montañas dándole la espalda. Se me apetece un té y decido hacer fuego, hace ya días que no vemos árboles, ni siquiera un matorral, pero abundan unos pequeños trozos de madera, retorcidos y casi fosilizados, creo que son raíces de antiguos bosques que salen a flote. No tardo en encender una pequeña hoguera.

− Veo que has encontrado una herradura –dijo Majib sentándose a mi lado.

− Sí, es muy curiosa −le dije dándosela para que la examinara.

Majib extendió la mano para cogerla, no era la temblorosa mano que me estrechó en Fez, era tersa, fuerte, miré a Majib, no era ya el decrepito anciano con el que inicié viaje. Poco a poco, imperceptiblemente, Majib se había convertido en un apuesto joven de barba incipiente y largos cabellos. Por lo demás, era exactamente el mismo.

Inconscientemente me toqué la cara, una barba de meses, rizada y áspera la cubría. Me rasqué la cabeza, me alisé las greñas con los dedos y sonreí al imaginar el aspecto que tenía y la cara que pondría mi madre mientras me echaba una reprimenda.

− Parece que te está sentando bien el viaje – comenté.

− ¿Sabes?, Juaniquito −dijo mientras preparaba el té−, cuentan que Yussuf, Velsouke y Jubha volvieron a cruzar por tercera vez las montañas, algunos creen que clamando venganza, otros, que buscando el sonido del Atlas, hay quienes piensan que de penitencia. ¿Qué piensas tú?

Antes de que pudiera decirle que hasta que les salga bien, el canto de un pájaro nos interrumpió, sus trinos resonaban bajo una pequeña cornisa que franqueaba una hondonada y llegaban a nosotros tan claros y nítidos como si el ave estuviese a nuestro lado.

La habíamos encontrado.

No hicieron falta palabras. Ni Mi Querido Amigo ni yo nos movimos cuando Majib se levantó y empezó a caminar hacia la hondonada.

− Cuida de él −dijo volviéndose a medio camino. Creo que a mi.

Al alcanzar la cornisa Majib levantó el brazo en un ángulo peculiar, creí, en un principio, que se protegía los ojos del sol, pero un segundo después una gran águila se posaba en su brazo. Majib le cubrió los ojos con una caperuza que se sacó de la manga y el águila desapareció.

Si esa águila era la de Youssuf u otra distinta está fuera de mi entendimiento, las dos opciones me parecieron, y aún me lo parecen, más extraordinarias que el mero hecho de desaparecer.

Ya en el borde de la cornisa, antes de empezar a bajar, Majib se volvió para mirarnos por última vez, tenía una sonrisa dibujaba en su rostro.

Cuando Mi Querido Amigo y yo alcanzamos la cornisa Yussuf había desaparecido. A la sombra de las rocas, una joven pareja de pastores cuidaban un escaso rebaño de cabras.  Él sostenía una pequeña flauta entre sus manos y en el regazo de la muchacha anidaba una alondra. Intuyendo nuestra presencia giraron la cabeza y nos sonrieron ingenuamente.

Volvimos a la hoguera. El té de Majib estaba delicioso, lo tomé a pequeños sorbos, intentando saborear todos sus matices, sabedor de que lo añoraría. No recordaba haberme sentido nunca tan bien, Mi Querido Amigo movía el rabo a mi lado.

− ¿Has oído hablar del Guadalquivir? −le pregunté.

Dos sonoros ladridos me dijeron que sí.

Por primera vez desde que nos conocimos deseé, y él me permitió, acariciarle la cabeza.

Nos pusimos en marcha, tenía tantas cosas que contar, tantos besos que dar, tantas ganas de amar.

Mi querido Amigo correteaba a mi lado, al parecer milagrosamente curado de su cojera.

− Creo que ya es hora de cambiarte el nombre, ¿no crees? Ya sé, te llamare Sultán, ¿qué te parece?, ¿te gusta Sultán?

Sultán retrajo los labios y me enseñó los colmillos con un gruñido amenazador.

− Mi Querido amigo, Mi Querido Amigo está bien −rectifiqué.

− Guau, Guau.