La decisión del delfín

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Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto en sábanas de espuma

¡¡llevadme con vosotras!!

Rima LII.

Gustavo Adolfo Bécquer

 

 

 

Por muchas veces que lo viese, el joven Cethus jamás se cansaría de ver amanecer en el mar. Sentado en la playa, una temeridad para los de su especie, vio salir el sol.

Su piel mojada brilló con los primeros rayos. No tenía frío, el cálido clima del Eoceno y una delgada capa de grasa bajo su piel suplían la falta de pelo.

Su familia rara vez pisaba tierra firme, el mar les proporcionaba  alimento, refugio y todo lo que necesitaban, el mar era su hogar. De todas formas, no había muchos sitios donde ir; la amenazante selva, oscura, tenebrosa, poblada de monstruosas criaturas, casi alcanzaba la orilla del mar, solo ocasionalmente, en su recorrido por la costa, se topaban con arenales mareales lo suficientemente anchos para salir con seguridad del agua. Todos aprovechaban estas oportunidades para recoger cangrejos y caracoles, pero Cethus, hipnotizado, miraba salir al sol.

A la abrumadora belleza de la escena se sumaba su misterio. ¿Qué hacía salir al sol todos los días?, ¿qué le hacía recorrer todo el cielo para bajar y ocultarse por el otro lado?, ¿dónde iba? Era fácil suponer, creía Cethus, que durante la noche el sol realizaba un recorrido bajo la tierra y el mar, similar al que seguía durante el día, para volver a salir por el Este al día siguiente –como si estuviese dando vueltas–, pero Cethus tenía otra teoría: También podría ser que fuese la tierra la que se moviese, que al amanecer el sol no subiese, sino que fuese la tierra la que baja. Esta posibilidad tenía algo que gustaba a Cethus, aunque, lamentablemente, no tuviese forma de probarla. Había comprobado que observando el amanecer sobre la perfecta línea del horizonte que aportaba el mar era imposible discernir que astro se movía. Incluso había realizado un experimento: ayudándose de un canto rodado excavó un semicírculo casi perfecto en la arena y había comprobado que si dejaba caer una piedrecita redonda desde cierta altura sobre el borde del hoyo, ésta rodaba cuesta abajo por su superficie para luego subir rodando por el lado contrario y salir disparada hacia arriba. A Cethus no le costaba mucho imaginar una cúpula hemisférica cubriendo su hoyo que permitiera a la piedrecita dar vueltas indefinidamente.

Sea como fuese, ambos astros debían estar conectados de alguna forma, una cuerda, una fuerza invisible que los…

–¿Pensando en otra chica? –dijo Paki a la vez que se le echaba encima.

Ambos rodaron riendo sobre la arena hasta que sus labios se tocaron.

–Suelta –dijo pícaramente Paki desembarazándose del abrazo de Cethus y, poniéndose de pie de un solo salto, añadió–. No te hartas nunca.

Movió provocativamente los cuartos traseros en la cara de Cethus y, antes de que éste pudiese siquiera levantarse, corrió riendo hacía el agua.

Por muchas veces que la viese correr…

Sin embargo, donde Paki se movía como pez en el agua era en el mar. Meciéndose entre las olas, eróticamente semidesnuda entre sus sabanas de espuma.

 –Quítate la arena y ven aquí.

Bajo el agua, lejos de miradas extrañas, se aparearon.

Eran tres cuando salieron a respirar. Todavía abrasados vararon en la orilla.

Pako, el padre de Paki, sonreía satisfecho, no se había perdido detalle de la escena. Cethus era un buen chico, algo despistado pero atento y cariñoso, la hacía feliz y eso era más que suficiente. Buscó con la mirada a su esposa que ya se acercaba a él con una sonrisa de complicidad.

Juntos habían formado una familia, Paki era la mayor de tres hermanas, luego estaban los mellizos y, Zeta, de nuevo estaba embarazada. Enamorados como el primer día, se escabulleron discretamente entre las olas.

–Vamos a echar una partidita –dijeron casi a la vez Paki y Cethus

A los dos enamorados les encantaba jugar, de hecho, la familia entera pasaba la mayor parte del tiempo jugando. Con el estómago lleno y bajo la protección que el océano les deparaba cualquier momento era bueno para jugar, jugaban al escondite, al pilla-pilla, al prisionero, al banderín con un alga, a truco o trato y a todo lo que se les ocurría.

–Yo pinto el carro  –dijo Paki con una sonrisa, eligió un buena zona de arena húmeda y compacta, libre de obstáculos, y comenzó a trazar tres grandes rectángulos concéntricos lo suficientemente separados entre sí como para poder andar cómodamente sobre ellos sin necesidad de pisar las líneas, se irguió para dar una mirada de aprobación y continuó uniendo los vértices y los centros de los lados.

Mientras, Cethus recogía las fichas. Las conchas de unas grandes caracolas harían de blancas, para las negras encontró, en un afloramiento rocoso que se adentraba en la playa, unos curiosos nódulos negros que parecían especialmente diseñados para jugar. A Paki le encantaran, pensó. Cargando con once de ellos entre sus palmeadas manos y su resbaladizo pecho corrió deseoso de compartir su descubrimiento. Cada tres pasos se le caía alguna piedra y tenía que hacer malabares para recogerla sin que se le cayeran las demás.

Paki lo miraba divertida, le chiflaba cuando lo veía tan patoso.

Utilizando también el cuello, Cethus había consiguió, por fin,  estabilizar el montón de piedras y avanzaba seguro creyéndose ya victorioso. Pero Cethus tenía una curiosa habilidad: poseía la facultad de descubrir la más ínfima irregularidad del suelo, cualquier piedrecita, cualquier ramita, un agujero de cangrejo, eran susceptibles de poner en funcionamiento sus poderes, que le llevaban, irremediablemente, a detectar, tropezar y eliminar el obstáculo.

El manojo de algas que tenía delante se antojaba irresistible.

Se tuvo que desviar un poco, sus poderes eran muy fuertes.

Enredó bien el primer pie entre las filoides y las pisó con el segundo, cuando quiso levantar el primero…

Las piedras volaron por los aires.

Paki tuvo que taparse la boca con una aleta para no dar una carcajada.

Cethus, de bruces sobre la arena había tenido suerte de que ninguna piedra le hubiese dado en la cabeza. Casi cierra los ojos al caer, pero no lo suficiente como para dejar de ver algo extraordinario: una de las piedras cayó sobre otra provocando una lluvia de chispas.

Cethus no estaba seguro de lo que había visto, quizás se había golpeado en la cabeza. Durante un instante miró los nódulos de pedernal sin atreverse siquiera a tocarlos. Los cogió con manos temblorosas, apreciando por primera vez su textura granulosa, parecían duros, muy duros. Armándose de valor golpeó una piedra contra otra, no ocurrió nada. Suspiró y las golpeo, esta vez sí, mucho más fuerte. De nuevo, una miríada de rayos de luz brilló durante un instante. Cethus, de nuevo sorprendido, instintivamente soltó las piedras.

Su mente era una vorágine. Las cogió de nuevo, ya sin miedo, y volvió a golpearlas, una y otra vez. Las chispas nacían del roce de las piedras, no quemaban, no daba tiempo, surgían y desaparecían en un instante. Parecían estrellas fugases.

– ¿Qué ocurre Cethus? –gritó Pako desde el agua.

Paki corría, también preocupada, hacia él. Los golpes habían alertado a toda la familia, no era propio de ellos llamar tanto la atención.

–Oh, nada, Pako, no te preocupes –gritó Cethus saludando con la mano en un gesto tranquilizador–. Paki, ven a ver esto  –dijo girándose hacia su amada.

No vio el enorme Pachyaena que apareció sobre la cresta rocosa, ni como el enorme animal, mitad hiena mitad cerdo, le embestía casi partiéndolo en dos. No sufrió.

La muerte de Paki fue distinta, una jauría de Synoplotherium vorax la despedazó viva, devorando ansiosos los trozos desprendidos. Murió gritando.

Lágrimas de sal manaron de los ojos de Pako mientras sujetaba a su esposa, enloquecida.

Juntos, abrasados, desconsoladamente, rompieron a llorar.

Ni siquiera hubo necesidad de hablar. En silencio maldijeron a los Pachyaea y a los Synoplotherium,  y a todas las bestias, y a la selva, esa impenetrable maraña verde que las ocultaba; maldijeron la playa, que los tentaba; maldijeron la tierra entera y a todas las criaturas que albergaba y juraron ante los dioses que jamás volverían a poner un pie sobre ella.