La extinción del Perezoso

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La tercera vez que los rayos del sol le despertaron tuvo la peregrina idea de buscar refugio en el follaje, pero sonriendo por la ocurrencia se durmió.

Boca arriba, bien sujeto con sus cuatro patas y con la cabeza colgando, lo encontró la luna. Abrió lentamente un ojo y casi se lastima el párpado. Enfadado consigo mismo volvió a dormirse.

A media tarde, poco más o menos, el hambre lo despertó. Lentamente, girando la cabeza hasta casi darle la vuelta, empezó a buscar comida  –maldita sea– los primeros brotes estaban fuera de su alcance, la última comida fue sin duda copiosa.

A menudo meditaba sobre tan extraña necesidad, arcaica y material, que le impedía alcanzar el estado puro de espiritualidad.

Comer y defecar, estigma divino, persistente cordón umbilical; buscar comida y masticar, vergüenza del alma. Animal.

Comió con asco pero llenó la barriga. Pesado, cogió postura sobre una rama y se quedo dormido, su estado natural.

Según sus cálculos ¡casi un sexto de la vida se la pasa uno despierto! Una verdadera pérdida de tiempo. En realidad no tenia verdadera noción del paso del tiempo, no conocía los ciclos lunares, ni los de días y noches. Despertaba en mundos independientes y aleatorios, ignotos. A veces llovía, a veces estaba oscuro, a veces desierto, a veces poblado de extrañas criaturas. A veces, como hoy, una compañera.

Dos árboles más arriba una hermosa chica, coqueta se balanceaba.

Buena moza, guapa, femenina y sana. Era hora de galantear, no se presentaban muchas oportunidades así.

–¿En cuántos sueños soñé contigo y en sueños te tuve cerca? Y ahora, despierto, te tengo a mi vera. El corazón me late con fuerza y se me hinchan las venas –la rondó al mejor estilo Romeo.

–Que no se te hinchen tanto, que no soy una cualquiera –dejo bien claro la moza–, las palabras no son gestos y no confíes que con ellas me vas a enamorar.

–Diosa mía, tu rubor te delata. Mi pasión es tu pasión y el saberlo así me enamora. Tu virtud y tu recato me arrebatan.

–Hablas bien, amado mío, pero mi rubor no es por recato, es que estoy receptiva y el corazón me palpita.

–El amor es cosa de dos, y si los dos nos amamos, amémonos con amor hasta que ya no seamos dos.

–Oh, hazme tuya, semental, que mi vientre ya lubrica esperándote, Tarzan.

–Acércate, vida mía, ven, dame un abrazo y te haré sentir los poderes de mi regazo.

–Ven tú, amado mío, que el amor me paraliza, ven rápido que no puedo apenas… Oh, date prisa.

–Mírame a los ojos y da el primer paso, que es cuesta abajo.

–Sube si quieres ir al cielo.

–Si hay que subir se sube pero es mas fácil bajar, tengo que reservar fuerzas para empujar.

–¿Qué clase de impulso es el tuyo que dudas?, ¿no arde ya tu llama?  Desde luego aquí no llega el calor.

–¡Mi llama es una antorcha que brilla como el sol!, quizás tu hogar esté tan frío como los anillos de la pitón.

–Muchas plumas tiene el ave que no sabe volar.

–Huevos fríos pone la harpía y los tiene que incubar.

La selva entera, resentida, guardó silencio.

Él, enfurecido y frustrado, con una esponja de musgo lo pagó.

Ella, con un bostezo de apatía se le secó la humedad.

Y un día, al fin, de epifitas y líquenes, el espíritu del perezoso se liberó.