La liebre y la tortuga -segunda parte-

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El pequeño mochuelo, que dormitaba en su encina favorita, casi se cae de la percha del susto que se llevó. Intuyó más que vio a la liebre. Aunque giró la cabeza tan rápidamente que casi se marea, solo alcanzó a verla de refilón, cuando ya tomaba la curva. Un rosario de pequeñas nubecillas de polvo delataban donde las patas habían, supuestamente, tocado el suelo.

Sin sobreponerse aún de su asombro, el mochuelo se recriminó severamente su distracción y, abriendo mucho los ojos, se juró que no volvería a ocurrir.

La columna vertebral doblada en un ángulo inverosímil y las patas extendiéndose en todas direcciones equilibraron su cuerpo para, en un alarde de control, salir de la curva más rápida que entró. Su peculiar morfología, tan torpe para desplazamientos lentos, mostraba su verdadero potencial a plena carrera. Cada latido, cada músculo, cada tendón, cada molécula de miosina revelaban que la velocidad era su fin.

Esperanzada todavía, encaró la recta a plena velocidad solo para ver como la tortuga cruzaba la línea de meta.

Aunque aún no era consciente de ello la liebre ya sabía de su error. Su cuerpo dejó de correr, solo la inercia, inmisericorde, le obligó.

Intentó felicitar a la ganadora pero ésta, llevada en volandas por la enardecida multitud, no pareció verle. Temiendo su merecida recriminación buscó a sus amigos, pero no había nadie; todos los animales del bosque marchaban con la tortuga, aclamando y vitoreando su hazaña.

Los días que siguieron fueron un verdadero calvario para la liebre. Condenada al ostracismo por el resto de las liebres que, considerándola la vergüenza de la familia, la ignoraban y le habían dejado de hablar, había que sumar la mofa general del resto de habitantes del bosque, con risitas, cuchicheos y comentarios cada vez más atrevidos e ingeniosos –ya hasta los conejos querían darle oportunidades-.

Para colmo de males, la noticia de la carrera se extendía como la peste, no se hablaba de otra cosa en toda la comarca y de boca en boca y, sobre todo, de pico en pico y de pico en boca, pronto sobrepaso sus límites. La historia causaba sensación en todas partes y la repercusión que alcanzó fue tal que llego a oídos de Esopo -que no tuvo otra cosa que hacer que registrarla en sus escritos-, con lo que la vergüenza de la liebre fue universal.

Solo le restaba una posibilidad.

Quizás aturdida aún después de la hibernación, quizás conmovida, quizás engreída, inconsciente, maliciosa, inocente, quizás competitiva, empática o cruel, quizás santa, quizás loca, lo cierto es que fue increíblemente fácil que la tortuga aceptara la revancha.

Todo el bosque, encantado con la noticia, participó en la organización de la carrera. La euforia del momento propició que esta vez las apuestas estuvieran más repartidas. El topo, único ganador de la anterior carrera, no lo veía tan claro esta vez.

El adormilado mochuelino se llevó un susto de muerte, perdió pie y se quedó colgado boca bajo de una pata. Se arregló apresuradamente el desaliñado plumaje, reflexionó y voló furtivo en busca de una encina más tranquila.

Nadie esperó a la tortuga, ni siquiera la liebre.

Le hubiese gustado, pero no.

Al poco, ya nadie se acordaba de la carrera, ni de ésta ni de la anterior. Más rápidamente aún se olvidaron la absurda fábula y su penosa segunda parte.