Micaria sp.

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Se sabía el más miserable de los seres. Viviendo en las sombras, siempre escondida, siempre sola, siempre callada.

¿Y para qué? Para matar. Para matar no en noble lucha como sus hermanas siempre valientes, sino en acto ruin y cobarde.

¡Mataba niños! ¡¡Bebés!! Sus propios hermanos, se avergonzaba reconocer.

Los raptaba sigilosa, los llevaba a un lugar solitario y allí, sedienta de sangre, los devoraba.

Era repugnante, indigna de seguir viviendo.

A veces, sus hermanas olían la muerte e inquietas la buscaban frenéticas, sin sospechar siquiera que era una de ellas.

Le horrorizaba su frialdad. Libre, sin ataduras morales o sentimientos, actúa rápida y eficazmente. Goza con ello. Come con ansia. Sólo después, saciada…

Hoy se siente especialmente sucia, hastiada de su infamia.

Un soldado se acerca haciendo su ronda por las desiertas galerías.

Que fácil sería acabar con esta pesadilla, pensó.

Decidida a poner fin a su sinrazón se acercó con paso firme al soldado dispuesta a entregarse. Pero éste, inesperadamente, de un salto y sin mediar palabra, se lanzó violentamente sobre ella.

–¡Lo confieso, hermana, soy una cruel asesina, la más vil de las hormigas! –gritó, esperando la muerte.

Un solo hilo de seda bastó a Johnny para inmovilizar a esa loca.

–Ni tu eres una hormiga ni yo soy tu hermana. –le dijo.

Y con un diestro movimiento la penetró.