Pájaros en la Cabeza

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(Del porqué los avestruces no son mucho de volar)

   

A mi primo Fernando, por razones obvias y porqué juntos

aprendimos a contemplar y a amar la íntima belleza de la naturaleza.

 

Si hay algo en toda África capaz de conseguir que un avestruz macho descuide sus quehaceres paternales es, sin duda, que una solitaria hembra se acerque a su territorio, sin importarle siquiera que ésta sea la esposa de su vecino y amigo de toda la vida, intima de su mujer y prima hermana.

Ahuecando las plumas, con una elegante carrera, en un santiamén estaba a su lado.

–¿Qué hace sola una chica tan guapa? –preguntó con su pestañeo más  seductor.

–Deja de hacer el tonto, Pepe –casi gritó la enfurruñada hembra lanzándole una mirada llena de ira que, a pesar de todos sus esfuerzos, fue diluyéndose en lágrimas–. Métete en tus cosas, ¿quieres? –consiguió decir entre sollozos.

–Oh, Teresa, cariño  –dijo el macho con su voz más dulce acogiendo a su vecina entre las alas; cambiando completamente de voz inquirió:

–¿Qué ha hecho ahora el estúpido de tu marido?

–Nada, él no tiene la culpa –contestó Teresa entre lágrimas.

–Oh, Dios mío –gimió el macho temiéndose lo peor–, ¿un león?

Por la mirada que le echó su vecina supo Pepe que, de nuevo, había errado.

– ¿Un leopardo?, ¿una manada de licaones?, ¿un…, unaa…

–La avellana que tienes por cerebro debe de estar completamente hueca –concluyó Teresa ya recuperada gracias al desatino de Pepe, que, incapaz de comprender lo que pasaba, seguía balbuceando.

La culpa es mía, se dijo Teresa, que nunca dejaría de sorprenderse de la estupidez de los machos. Condescendiente, señalando al suelo, añadió:

–Este niño, que me va a matar.

–Por primera vez Pepe vio al críptico estrucito*, tan mimetizado con la tierra y el pasto que, a pesar de estar revoloteando de un lado para otro, le había pasado totalmente inadvertido.

–Nervioso sí que es –reconoció Pepe recobrando la compostura.

–¿Nervioso?, yo no sé qué voy a hacer con él –dijo Teresa amagando con volver a ponerse a llorar.

Ambos siguieron con la mirada al estrucito. Este caminaba achaparrado en una grotesca postura, oscilando la cabeza hacia delante y hacia atrás a cada paso que daba y, con el buche hinchado, sacando pecho; a intervalos emitía unos desagradables sonidos a modo de gorjeos.

–Pobre muchacho, ¿sufre algún tipo de epilepsia? –se aventuró a proponer Pepe consecuente con su peculiar  línea deductiva.

La mirada de Teresa fue fulminante.

Pepe iba a decir algo sobre una vez que, de pequeño, se tragó un saltamontes migratorio cuando descubrió que el estrucito, aleteando estrepitosamente, intentaba  alzar el vuelo.

–¡Por el Gran Rex!, –blasfemó Pepe–, ¡se cree un pájaro!, ¡una paloma!, ¡¡una paloma!! –comprendió horrorizado.

–Bueno, no exactamente –concedió Teresa al tiempo que el estrucito cambiaba súbitamente de aptitud: tieso como un palo, con las alas apretadas al cuerpo y el pico pegado al pecho se convirtió en un marabú, estirando bien las patas dio un par de pasos de zancuda.

La madre, avergonzada, escondió la cabeza en un agujero.

Pepe jamás se había sentido tan escandalizado, ¿renegar de la sangre, de tu identidad? Aquello era más de lo que podía aguantar, pataleando el suelo de furia, le dedicó al pequeño toda una sarta de improperios avestruciles de difícil traducción.

La llegada de Manoli, la esposa de Pepe, puso fin a tan lamentable escena. Siempre pendiente, no se le había escapado ni las lágrimas ni los abrazos  de su vecina para con su marido, así, que no puede culpársele de haberse imaginado cosas, pero, visto lo visto, corrió a abrazar a su amiga.

 Mientras, el estrucito, aprovechando que el gran macho le había querido dar un pisotón, se había agarrado a su pata y al modo de los loros, ayudándose del pico, trepaba hacia arriba a lo largo de la tibia.

–¡Quitádmelo!, ¡quitádmelo!– gritaba el macho histérico– ¡Quitadme a este bicho!

–Anda, no molestes más al pequeño y vuelve con los chicos –le dijo Manoli en un tono que no daba lugar a réplica –, ya hablaremos más tarde tú y yo.

Teresa cogiendo a su hijo con el pico liberó a Pepe que se alejó mascullando algo sobre los niños y la madre que los ovopositó.

–Dime qué puedo hacer, Manoli –imploró la desesperada madre mientras su hijo con las patas bajo el cuerpo y cuello de pato navegaba por la pradera como si de un lago se tratase.

–Vamos a ir a ver a Rosarito, seguro que ella puede hacer algo –dijo Manoli no muy convencida–. Ya sabes como es.

Tras el lamentable episodio protagonizado por su marido, que confundió la visita de las dos amigas con lo que no era,  Rosario atendió con agrado a tan inhabitual visita.

–Vayamos a consultar a Verónica, la tortuga –dijo Rosario nada más ver el cuadro–, tiene un remedio infalible.

–No debe andar muy lejos del río –dijo Teresa haciendo saber que había comprendido. Verónica, la tortuga, ¿cómo no se le había ocurrido antes?, su sensatez y eficacia eran legendarias.

Manoli las miró sin saber de qué hablaban.

Tras pisotear a modo de pájaro secretario a una sorprendida culebra e intentar espulgar a un irascible rinoceronte negro, que correteó durante un buen trecho al extraño grupo de avestruces, el estrucito daba saltos como un gorrión cuando llegaron al río.

El río Mara atraviesa caprichoso la llanura, sus riberas proporcionan refugio y sustento a infinidad de animales y sus aguas apagan la sed del polvoriento desierto en él que la sabana se convierte durante la larga estación seca, una bendición si no fuera por sus bravas aguas y sus orillas empinadas.

Rosario se detuvo sobre un precario talud sobre el río donde las aguas formaban un profundo remanso, un par de troncos flotaban ajenos a la corriente. Desde allí podían ver todo un meandro del rio, la vegetación ribereña se desparramara por la sabana, eso sí,  sin alejarse demasiado.

Las aguas bajaban teñidas de rojo; no hacía mucho, aguas arriba, las grandes manadas habían atravesado el río.

Un ñu arrastrado por la corriente rodaba hacia ellos por los rápidos.

Qué triste suerte la de este pobre animal –pensó Rosario–, escapar de las bestias del río sólo para morir de extenuación, ahogado o, quizás, pisoteado por los de su especie. No en vano, los avestruces tienen un dicho: “Eres más desgraciado que un ñu”, aludiendo a lo popular de dicho animal entre los depredadores.

Por fin, el hinchado mamífero alcanza aguas más profundas y queda groseramente flotando patas arriba. Varios troncos se le acercan veloces, contracorriente, uno de ellos, el primero en llegar, abre unas enormes fauces y muerde el cadáver con fiereza. Los demás troncos no tardan, en llegar, uniéndose de inmediato a la macabra escena. Girando sobre sí mismos arrancan enormes trozos de carne que tragan enteros, sin masticar.

Inconscientemente los cuatro avestruces se alejaron un poco del borde del talud. Abajo, en el remanso del río, dos troncos les miraban.

–¿Quiénes son, mami? –preguntó el estrucito extrañamente quieto por primera vez.

–Son cocodrilos –contestó Rosario como si la pregunta hubiese estado dedicada a ella–, llevan aquí mucho tiempo.

–Comían Velociraptores y Diplodocus pero ahora comen cualquier cosa –añadió su madre despectivamente.

En ese momento, uno de los enormes cocodrilos, que había conseguido hacerse con todo un cuarto trasero del ñu, alzó su aterradora cabeza al cielo para ayudarse a tragar, y la engulló entera, con pezuña y todo.

–¡Eh, mirad! Allí está Verónica  –dijo Manoli rompiendo el silencio y señalando lo que parecía ser una roca en la orilla opuesta.

–Tomando el sol en la arena –dijo Rosario–, aprovechando que hoy hay poca gente en la playa.  Hacedle señas, chicas, seguro que se ha quedado dormida.

Las tres avestruces intentaron en vano llamar la atención de la tortuga. Si puede llamarse a eso tortuga, pensó el estrucito, que después de lo de los troncos le preocupaba no ver la diferencia entre tortuga y piedra redonda.

–¿Qué podemos hacer? – preguntó Teresa, que tras analizar el problema se contestó a sí misma, todo de un  tirón–, duerme como un tronco. Habrá que ir a despertarla.

Todos miraron de reojo a los dos troncos que, medio sumergidos, aguardaban inmutables a sus pies.

–Déjate de troncos, Teresa, ¿quieres?

–Tendrás que ir tú solo –dijo súbitamente Rosario dirigiéndose al estrucito–, eres el único que sabe volar.

–¿Yo?, ¿volar yo? ¿Tengo pinta yo de pájaro, quizás? –replicó el estrucito muy enfadado después de un cierto titubeo inicial.

–Creí que querías aprender a volar, ya sabes, como los pájaros –intervino Manoli que ya se había dado cuenta de la argucia.

–¿Volar?, ¿para qué necesita volar un avestruz? –volvió a negar el estrucito mirando a su madre asustado.

–Para nada, para nada, hijo mío –dijo su madre visiblemente emocionada–, será mejor que volvamos a casa, papá se alegrará mucho de volver a verte.

El estrucito corría ya por la llanura dando unas zancadas muy grandes para su edad.

Será un excelente macho –pensó Rosario–, elegante y celoso de las tradiciones.

Acertaba. El estrucito, curado ya para siempre de los pájaros en la cabeza, se convertiría años más tarde en un gran padre, cariñoso y protector, un padre orgulloso de perpetuar su estirpe, una estirpe que se remontaba doscientos treinta millones de años.

    *La palabra “estrucito” es, literalmente, la abreviatura del diminutivo de avestruz. Isaac Asimov  llamó así en unos de sus cuentos a los habitantes de Ganimedes con los que las crías de estas aves guardan cierto parecido.