Physis

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El impacto fue brutal.

Los cuernos, que nacían juntos en el centro de la cabeza, protegieron el cerebro pero los témpanos de hielo con los que el frío cubría sus greñas se desprendieron al unísono, como lágrimas de hielo, en una cascada de cristal.

Hubo un momento de calma en él que toda la tundra guardó un silencio expectante, pero al fin, ninguno de los adversarios se derrumbó. Torpemente y muy despacio los dos toros almizcleros comenzaron a desandar de espaldas el campo de duelo.

No muy lejos, en la colina, las vacas volvieron a charlar animadas como si no hubiese habido ninguna interrupción.

­–La Naturaleza es un constante devenir, fluye en una continua transformación, efecto y causa de su propia existencia –siguió diciendo Heráclita.

–Esa transformación es sólo aparente, mi querida amiga –le replicó condescendiente Parménidas–. La verdadera esencia de las cosas permanece siempre inmutable. Todas las cosas son lo que son. Todo permanece, nada cambia.

–Creo, amigas, que ambas lleváis parte de razón –intervino conciliadora Aristótelas–, cierto es que la esencia de las cosas es inalterable, absoluta y universal, la verdadera causa de la realidad, pero no es menos cierto que las ideas no se nos presentan caóticas y desordenadas, sino que se mezclan siguiendo una pauta que les es inherente y que las entrelaza tejiendo el orden natural de las cosas.

–El ser es solo acto, eterno, para el ser el movimiento no tiene sentido –discrepó Parménidas sin inmutarse.

–Las leyes de la Naturaleza son la propia Naturaleza y sus interacciones, el movimiento –dijo Heráclita con aspavientos.

–Creéis que conocéis la Naturaleza, que sabéis, pero sólo desde la ignorancia podréis alcanzar el saber –opinó Sócratas.

Todas pegaron un respingo cuando los machos volvieron a encontrarse. Esta vez hubo más suspense, pero ninguno estaba dispuesto a abandonar.

–Hablas sabiamente amiga Sócratas –intervinó Platona–, debemos buscar la Sabiduría y no presumir de poseerla, usemos la Razón, la fuente, el principio último del conocimiento.

–La Razón y la Fe, no lo olvides –corrigió Tomasa de Aquina–, la Fe nos proporciona un criterio de Verdad.

–Divagas, Aquina –replicó Descartas–, la razón no atiende a autoridad, con ella puedes intuir sin resquicio de duda y si la usas con método, deducir la Verdad. Es la Razón y no la Fe lo que nos lleva a Dios.

–¿De que intuiciones hablas, Renee? –preguntó Kanty–. Son las sensaciones las que nutren la Razón. ¿Pretendes alcanzar lo incondicional y proponer argumentos ontológicos sin partir del Fenómeno, de lo natural?

–Me he perdido –dijo Platona.

–El ser es y el no ser no es –le aclaró Parménidas.

De nuevo el Ártico tembló, cascada de lágrimas de cristal. Pesadamente, en silencio, como había vivido, uno de los toros se desplomó.

Durante un instante las vacas tuvieron la sensación de que también el otro toro iba a caer. Las patas le flaquearon hundiéndose un poco más en la nieve. Todas contuvieron la respiración anhelantes, la escarcha comenzaba de nuevo a instalarse en su desordenada pelambrera cuando, levantando lentamente la pesada cabeza, el toro olfateó el aire y las miró.

Rápidamente, sin discrepancias, adoptaron la formación de defensa reculando y juntando los cuartos traseros. El macho se acercaba increíblemente rápido para su envergadura y en un segundo se plantó ante ellas.

Cerraron el círculo…

–Toro fuerte, toro quere follar. –dijo rezumando almizcle.

…y la circunferencia.