Puertas adentro

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Ella se enamoró incondicionalmente, sobre el hongo  pesaba la inanición, pero desde el primer momento se le derritieron las hifas por ella.

No podía creerlo, se había enamorado como un tonto de un alga unicelular.

Se conocieron de forma casual, inesperada, fortuita, pero la química entre ellos funcionó desde el primer momento, les bastó un simple contacto para descubrir que eran el uno para el otro, dos seres tan diferentes que apenas se reconocían como tales, se fundieron contra natura en un solo cuerpo. Había nacido un liquen.

La elección del lugar donde instalar el hogar no pudo ser más acertada, a quinientos metros de altitud en la cresta sureste de una enorme roca calcárea que surgía solitaria en mitad de la campiña. Las vistas eran impresionantes.

La luna de miel fue maravillosa, el resto del universo dejó de existir. Pasaron días enteros absortos el uno en el otro, conociéndose, enseñándose, intercambiando moléculas y fluidos, fusionando sus membranas, coordinando sus metabolismos. Su felicidad era completa.

Eran gente sencilla y no necesitaban grandes requerimientos, las exiguas reservas que aportaron de dote eran suficientes para meses de idilio pero tenían prisa por iniciar su vida en común, de autoafirmarse, de quererse.

Aquella mañana la niebla cubrió la montaña y las preciosas moléculas de agua se abrieron camino por todo su citoplasma en una orgásmica inundación, sus orgánulos agradecieron la desaparición de esa pesada viscosidad que les oprimía con millones de interacciones, muchas partes de su soma, que hasta ahora habían permanecido aletargadas, cobraron vida. Tras el impacto de sensaciones, poco a poco, Fungi tomó conciencia de su nuevo cuerpo, de inmediato decidió anclarlo más firmemente al sustrato. Su amada dormía. Tiernamente, evitando despertarla, comenzó a hidratarla.

Desde que amaneció los rayos de sol luchaban implacables por disipar las nubes, compitiendo apretados por ser los primeros buscaban cualquier resquicio. Al fin uno de ellos, especialmente brillante, consiguió desgarrar el velo de niebla. Un imperceptible destello verde brilló sobre la roca.

 Un destello verde y una gota de almíbar.

Décadas después aun vivían apasionadamente. El compromiso, la comunión, la satisfacción eran completas. El bienestar del otro.

Fungi desarrolló una zona gonodial de hifas laxas en la que instalaron su hogar, tan acogedor que Clorhis raramente se aventuraba fuera de él.  Fungi no podía ser más atento, filtraba la luz y las peligrosas radiaciones que la acompañaban dejando pasar solo los fotones que a ella le gustaban, la arropaba en los fríos inviernos y la cobijaba del sofocante estío, y la mantenía siempre húmeda, dispuesto a protegerla con su vida de la desecación, pero era Clorhis la responsable de crear un verdadero hogar, su siempre alegre presencia bastaba para dar calor, intimidad y seguridad. Guapa, simpática, espabilada y cómplice en el amor, Fungi no daba crédito a su estrella, y eso no era todo, Clorhis era, además, una virtuosa de la cocina, una mágica alquimista que a pesar de disponer de ingredientes muy limitados, aire, agua y luz solar, era capaz de crear platos dignos de sibaritas. Su Ribitol es tan delicioso que puede producir adicción, un verdadero elixir de amor.

En tamañas condiciones Clorhis no tardó en multiplicarse y Fungi pronto encontró la forma de diseminar propágulos, cubierta la necesidad reproductora los años pasaron celestes, climáticos, felices.

Compartían sentimientos, emociones e ilusiones, se comprendían, se confundían uno en el otro, entregados de lleno llegaron a compenetrarse de tal forma  que se hicieron uno, un uno perfecto, independiente, libre, capaz de vivir en paz con el resto de la naturaleza, sin luchar ni competir con nadie, un nuevo nivel vital sustentado no por la guerra ni la selección sino por el amor, por las ganas de vivir. Pasaron milenios, linajes y civilizaciones aparecieron y desapareciendo, pero Ello permaneció. Y permaneció en una existencia plena, en total comunión con Gaia, en un orgulloso ejemplo de que las cosas se pueden hacer de otra manera.

Se hicieron uno, micrómetro a micrómetro, uno y la eternidad.

Sin embargo, nadie sabe lo que pasa puertas adentro y la eternidad es demasiado tiempo, ninguno de ellos reconocería que había días en que Clorhis hubiese dado lo que fuese por zambullirse en el mar y otros en los que Fungi añoraba, desde la soledad, el suelo del bosque.