¿Qué hay para comer?

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Harto de cigarrones y bichejos, el ocelado lagarto salió de su guarida decidido a darse por una vez un festín de huevos y polluelos.

El zorro buscaba algo caliente pero el hambre le había enseñado a  no dejar pasar una comida fácil.

–Otra vez pellejos. ¿Qué, que no hay otra cosa? –protestaron sus cachorros–. Queremos conejos y no esta cosa verde, fría y correosa –dicho lo cual, el más avispado cogió el lagarto por el rabo y salió corriendo, seguido de cerca de su hermano, dispuesto a todo.

Su madre sonrió. Estaban bien alimentados.

Una sombra que cayó del cielo acabó con los juegos.

–Otra vez pelos. ¿Qué, que no hay otra cosa? –protestó el polluelo de águila, al que le gustaban los lagartos y no esta inmunda bola de greñas rellena de tripas.

Casi se atraganta con el primer bocado.

Su madre sonrió. Pronto estaría criado.

Las garrapatas se lo comieron.