Sábanas de seda

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Dos de sus ocho ojos lo vieron, el resto de su cuerpo no se movió.

Innumerables generaciones de quelicerados habían enseñado al joven macho que toda prudencia era poca. Estudió detenidamente el mejor ángulo de ataque y todas las posibles vías de escape, incluida la posibilidad de un rápido rapel hasta el suelo.

Algunos restos de membranosas alas dispersos por la tela lo tranquilizaron.

Le divirtió su ingenuidad y el cómico sigilo con el que se movía sin creerse visto, pero no estaba de humor para amores y menos para perder la virginidad con un enano cobarde.

No le daría ninguna oportunidad.

Dios mío, está buenísima –suspiro el ardoroso amante una vez establecida la estrategia. Se acercaría cauteloso pero haciéndose ver, no quería sobresaltar a la dama.

Necio loco –pensó la amada observando como el macho, ya al descubierto, temblaba al borde de la tela justo enfrente de ella–. Instintivamente flexionó el opistosoma y bombeo saliva a sus colmillos.

Ese abdomen, voluptuoso, que se mecía casi imperceptiblemente, insinuante, provocativo, apenas ocultando el lascivo epigino que se adivinaba húmedo y palpitante, lo volvía loco.

Adelantando el primer par de patas rozó apenas el hilo de seda.

Cientos de mecanorreceptores situados por todo su cuerpo se estremecieron de placer.

Improvisaría, el instinto es buen compositor.

Aunque útil para otros menesteres, ahora la tela mostraba su verdadero cometido. La tela era un arpa, un arpa de seda, y sus sonidos, la recompensa a aquella pulsión incontrolable que la llevó a construirla, a la meticulosidad, a la urgencia. La artesana sintió una íntima satisfacción por la perfección de su obra.

Las notas fluían armoniosas, nada que ver con la torpe cacofonía de una polilla aterrada, construyendo una melodía ancestral, bella y sensual, una melodía de la que cada una de sus células, ahora lo sabía, tenia una partitura. Su crónica agresividad desapareció, un sentimiento desconocido la embargó. Sintiéndose receptiva, se sonrojó.

Sus hábiles patas bailaban sobre los hilos, arrancándoles con mimos la música que atesoraban. Se detenía en los nodos cambiando de octava en barrocas composiciones que brotaban espontáneas, dándole a veces la sensación de que era la seda quien guiaba sus pasos.

Nota a nota, acorde a acorde, el virtuoso solista alcanzó casi el centro de la tela, su interpretación era frenética, pasional, casi obscena.

La dama temblaba y él la acarició.

Sus cerdas sensitivas se besaron, miles de ellas a la vez.

Encendido, el macho sumergió sus pedipalpos en las vesículas seminales cargando sus émbolos con semen y casi con violencia los introdujo en los gonopóros de su amada. Bien adentro los descargo.

Sintió violar sus entrañas y la magia desapareció. Su romántico galán se convirtió de pronto en un extraño, en un animal sediento de sexo, que la había burlado con artimañas de Don Juan. Ahora un beso y adiós.

Lo siento, “Proteínas” –pensó divertida– pero te quedas a desayunar.

Lo sujetó con las patas y flexionando el opistosoma, lo apuntó con las hilanderas. Levantó los quelíceros que latieron llenos de veneno.

–Ah, quieres más, guarra –dijo el ardiente macho y sin pararse a pensar le introdujo un pedipalpo en el labium y otro en el agujero de hilar.

La araña, escandalizada, con un gesto de asco lo soltó retirándose de él. Un instante después, se arrepintió.

El macho ya sabía por dónde tenia que huir y pronto se encontró a salvo, las ocho rodillas aun le temblaban de placer.

–Ven, cariño –lo llamó la frustrada araña–, hazme feliz. Chinchorro repugnante.

–Calientapedipalpos –le dijo y se alejó.