Serengueti

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– Mamá, ¿falta mucho?

–No, hijo, ya estamos llegando -más para sí que para su retoño la joven hembra no dejaba de repetir que todo iría bien. Agotada por la vigilia y la tensión, la futura madre se dirigía a una pequeña loma de hierba corta donde al amanecer daría a luz. El pequeño, plenamente consciente desde hacía días, llevaba horas esperando nacer, pero su madre, terca a pesar de las patadas, le hacía esperar.

–Eso ya lo has dicho dos veces –replicó impaciente y enojada la enorme barriga.

Mamá no contestó, ahora era de verdad. La aparición del sol había sido una verdadera bendición, atrás quedaban la oscuridad y sus horrores.

Rodeada de cientos como ella, relajando el vientre, parió.

Un agradable olor a madre y a tierra mojada inundó sus pulmones y supo que había nacido. Después de ocho meses sin estirar las patas el pequeño ñu vino al mundo con la idea fija de ponerse en pie; precipitado y torpe trastabilló, pero testarudo como su madre, al fin, en un precario equilibrio, lo consiguió.

–¡Mamá! –dijo triunfante.

–Hola, mi vida –le sonrió mamá, que siguiendo los titubeantes pasos de su hijo aprovechó para alejarse de la peligrosa placenta.

Exultante de vida, por fin conocía el mundo. Ante sí, la vasta África y el vasto cielo. Nunca, desde su cálida cuna, habría podido imaginar tanta belleza, tal armonía de matices, de contrastes, de tonos y de colores. Feliz, galopó por la hierba fresca ebrio de sus olores, de sus texturas, ebrio de emociones.

–Esto es precioso, mamá –dijo antes de desayunar

A media mañana ya había hecho amigos, todas las vecinas tenían hijos.

–No te alejes, cariño –se escuchaba constantemente, sin que los preadolescentes recién nacidos hiciesen el más mínimo caso. Como locos corrían de un lado para otro. Las flores, las abejas y los escarabajos, esas grandes aves que hacen círculos en el aire, todo era nuevo y apasionante para ellos, la vida era una fiesta y, gozosos, jugaban a vivir.

Al mediodía las nuevas familias comenzaron alegres la marcha hacia la gran llanura, a disfrutar de los buenos tiempos. Las lluvias de la Luna no habían faltado a su cita y el Serengeti lucía sus mejores galas cubierto por una hermosa colcha verde de fresca hierba.

–Mira, mira, mamá, ¿qué es eso? –preguntó nada más verlos.

–Son avestruces hijo mío –contestó la madre– están de cortejo.

El chico quedó hipnotizado por la belleza de los animales y la armonía de su danza. Las enormes y brillantes plumas tan hábilmente desplegadas por el galante macho parecían ejercer sobre él un embrujo aún mayor que en la encandilada hembra.

Un portento aún mayor le libró del hechizo.

–Jirafas –dijo mamá, adelantándose a los acontecimientos.

Eran altas, muy altas, reticuladas de ocre, con un enorme cuello y unas larguísimas patas, pese a lo cual se movían con movimientos gráciles y elegantes. En verdad eran unos animales majestuosos.

–¿Mamá, qué son, qué son? –preguntó entusiasmado señalando un grupo de estilizados y nerviosos animales que más que andar, brincaban, y más que correr, volaban.

–Son gacelas, hijo, y aquel de allí un búfalo cafre. No le molestes –dijo su madre, refiriéndose a un escultórico animal de curvadas defensas y fija mirada.

No sabía dónde mirar, maravilla tras maravilla aparecían ante sus ojos, animales inesperados, sorprendentes, que desbordaban una y otra vez su capacidad de asombro y su canon de belleza.

Tantas novedades le abrieron el apetito.

Terminó de mamar con un respingo, unos grotescos y surrealistas seres se acababan de unir al grupo y tranquilamente pastaban a su lado. Una alucinación, pensó en un primer momento, pero no, eran reales y cada vez había más.

–¿Mami? –avisó a su madre en un susurro casi inaudible por temor a ser descubierto.

–Tranquilo, pequeño, son buenos vecinos. No te preocupes.

Un examen más minucioso confirmó su primera impresión. Eran bestias panzudas, cabezonas y con un culo enorme, pero lo peor, sin duda, eran las rayas, no se sabía muy bien si negras o blancas, que cubrían al animal de arriba abajo. Parecía una broma de mal gusto de la naturaleza y de cerca, dolían a la vista.

–No me gustan, vamos solos, mamá.

–No tienes nada que temer, mi vida, son raros pero buena gente. En realidad no son de aquí, turistas, guiris, ya sabes. Llegaron del frío y desde entonces son nuestros huéspedes; seria un acto imperdonable no ofrecerles el debido respeto y toda nuestra hospitalidad.

–Huelen a cuadra –protestó con repugnancia, pero su madre, ensimismada con una suculenta mata, no le hizo el menor caso.

Una profunda aversión fue creciendo en él. Su mundo feliz había sido profanado por la fealdad y ya nada le parecía tan maravilloso como antes.

Racista y xenófobo los odió.

Encima, una repugnante cría de “código de barras” se acercó a él, quién sabe con qué intenciones. Malhumorado la obsequió con un buen toponazo en el lomo.

–¡¡Hiiiiiaaaaaaaaa!!

Todos sus amigos saltaron espantados ante tan estridente bramido y gimiendo corrieron a esconderse bajo sus madres.

 

El olor llegó con el viento.

La manada dejó de pastar. Lo que hasta entonces no pasaba de un laxo y distraído montón de animales, reveló ahora su verdadera razón de ser; la manada, inquieta, sincronizada, se movió, convirtiéndose en una dinámica coraza. Una coraza de escudos vivos que ignoraban su papel.

Dentro reinaba el caos, todo el mundo se movía de un lado para otro sin orden ni concierto, amagos de estampida se extinguían antes de ser. Nubes de polvo, almizcle y sudor.

–¿Qué pasa, mamá, qué pasa?

–Mantente a mi lado pase lo que pase –dijo madre de una forma tan rotunda que el pequeño no pudo más que temblar.

Pronto se dio cuenta que no iba a ser fácil hacer caso a su madre, se movían apelotonados, cuerpo con cuerpo, cambiando de dirección con demasiada rapidez. Un giro brusco lo extravío, un impenetrable bosque de patas pasó ante sus ojos y entonces lo vio.

La sangre se le heló en las venas.

Sus ojos, pozos de Poe; sus fauces, la boca del Averno; su aliento, la muerte.

Una dentellada le partió el cuello, y la zarpa, lo destripó.

–¡¡Hiiiiiaaaaaaaaa!! –lloró su madre.

Poco a poco, en silencio, la infancia, corta y bella, con una capa de polvo se cubrió.

Una yegua y su potro pasaron junto a ellos.

–Son bonitas las rayas –comentó mamá distraída.

–Sí, sí que lo son –asintió conforme el joven ñu.