Vente conmigo, cabrita, vente a la Tierra Prometida

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Los dos cabritillos, que apenas levantaban dos palmos del suelo, se alinearon, recularon y, alzando sus cuartos delanteros, chocaron sus cabezas intentando en vano hacer sonar sus diminutos cuernos. La cómica escena divertía a toda la familia, los jóvenes se lo pasaban en grande animando y azuzando a sus hermanos pequeños mientras sus madres no paraban de reñirles, orgullosas y felices. Buscaron con la mirada la complicidad del gran macho, su postura no dejaba lugar a dudas, erguido sobre una cresta, la mirada en las cumbres, sus cimitarras desafiando al águila y la barba al viento.

No podían saber, sin embargo, sus amadas, que pensamientos tormentosos rondaban por la cabeza de Pazán. La reunión había sido un desastre, no había habido forma de llegar a un acuerdo y ni su autoridad había evitado que terminase en una batalla campal. No había sido culpa de nadie, todos estaban nerviosos y eso les honra, había mucho en juego.

Él, ya había tomado su decisión.

En una nava inaccesible protegida por cumbres sin nombre, pérdida en el corazón de los Zagros, las cabras monteses se enfrentaban a la decisión de sus vidas. Las hembras y sus cabritillos pastaban y jugueteaban en los verdes borreguiles en una estampa idílica, pero más arriba, sobre los riscos, el viento le lloraba en silencio a las montañas.

Pazán, Rey de Zagros, miró desolado a su alrededor, solo un puñado de Príncipes habían acudido a su llamada. La situación era mucho peor de lo que esperaba. Amigos,  rivales,  hermanos, muchas y patentes eran las ausencias

– Amigos, la vida que conocemos corre peligro de desaparecer –sus palabras sonaron tan sobrias y serenas que no dejaban lugar a dudas–, mucho me temo que somos los últimos de nuestra especie.

Los demás irascos ya lo sabían, pero escucharlo de boca de Pazán despertó en ellos esa sensación de peligro que desde hacía tanto tiempo les inquietaba. Se produjeron conatos de combate y monta. Pazán esperó comprensivo a que se calmaran.

Los Jarmos atacaban en manada, como los lobos, pero al contrario que éstos no mataban y devoraban una sola pieza, los Jarmos eran insaciables, mataban todo lo que podían, sin distinciones, disfrutando. La caza había sido tan intensa que muchas familias habían desaparecido por completo y los pocos supervivientes que escapaban a las cacerías narraban atroces matanzas. Muchas tierras pobladas desde tiempos ancestrales por las cabras estaban hoy deshabitadas, arrasadas o abandonadas por unos habitantes aterrorizados que subían cada vez más alto en la montaña huyendo de la barbarie. La consiguiente superpoblación de las cumbres se solucionó pronto, los Jarmos, macabramente pertrechados con pieles de animales, montaron campamentos cada vez a más altitud desde los que organizaban partidas de caza; las jaurías de perros y las armas arrojadizas eran devastadoras. Pronto no habría donde ir.

– Si no hacemos algo pronto nuestro Tótem se unirá con Los Cinco Grandes en las constelaciones del cielo– dijo Hazaran, último de los Príncipes de Oriente.

– Que no sepamos de megaloceros y rinocerontes lanudos no significa que se hayan extinguidos, y hay rumores de mamuts en las Islas del Norte –alegó Ghural, un viejo cabrón al que le costaba aceptar la realidad– de la desaparición de osos y leones cavernarios todos nos alegramos –añadió.

– No digas tonterías, todos sabemos que fueron masacrados hasta la extinción –intervino Blythi, un fogoso joven rebosante de testosterona–. Y no te alegres tanto de la desaparición de depredadores Ghural, yo casi los echó ya de menos –dijo mirándolo con desprecio a los ojos.

Esta vez el enfrentamiento fue a más y las cuernas resonaron en el valle. Pazán intervino rápidamente, antes de que hubiera algún herido.

Las hembras se miraron preocupadas, todas ellas eran muy conscientes de la situación.

– Nosotros tenemos este valle, ni hombres ni perros pueden alcanzarnos aquí –dijo Serow, tan viejo que su blanca barba le arrastraba por el suelo. Serow tuvo que volver a hacerse cargo de la familia tras la muerte de su hijo y llevaba años esperando encontrar algún joven que cuestionara su liderazgo–. Aquí estaremos a salvo –añadió.

– Es verdad que estamos a salvo en este santuario –continuó Pazán–, y te aseguro, viejo amigo, que vivirás en paz en él el resto de tus días, pero este valle es pequeño, no puede alimentar a más de tres o cuatro familias y en inviernos duros ni a eso. Quedarnos todos aquí nos abocaría al hambre y a la sarna.

– Quizás algunos de nosotros podríamos intentar alcanzar otras cordilleras, yo conozco el Alan-Kuh como la punta de mi barba, seguro que puedo prosperar allí con mi familia –dijo Tahr, que ya lo tenía decidido.

– Yo viajare a Oriente, cruzare el Hindukush, el Pamir y el Karakorum y alcanzare así el Gran Himalaya, el techo del Mundo –siguió Nanga Parbat.

– Yo viajare a Occidente, cruzare el Gran Fértil y el Al-Hamad y alcanzare así el Mar Muerto, el suelo del Mundo –replicó Horeb entusiasmado asomándose al barranco.

– La mejor opción es, sin duda el Norte, hacia las grandes montañas del Elburz y el Cáucaso –opinó Cylindricornis.

– No decís más que tonterías –dijo enfadado Saanen–, habláis de cruzar valles y desiertos, ríos y llanuras, como si fuera un viaje de vacaciones. Todos sabemos que salir al descubierto es un suicidio.

– Viajaremos de noche y nos ocultaremos durante el día –pensó en voz alta Juaniquitornis–, enviaremos exploradores y enterraremos nuestras heces.

– Que fácil lo ves, como se nota que nos has sufrido el ataque de esas bestias –le reprochó Capricornio, único superviviente de su familia.

– Algunos muflones se están domesticando –comentó distraídamente Payoyo–, ovejas los llaman.

De nuevo reinó el silencio en las montañas, incomodo esta vez, augurado, temido.

– Eso ya lo intentaron los uros –lo rompió Pazán.

– ¿Y de qué les sirvió? –terminó la frase Falconeri–. “Con carne en el corral menos ganas de cazar” decían. No sobrevivió ni uno, solo esos engendros de vacas y bueyes. Ganado vacuno –añadió con desprecio.

– Peor le fueron las cosas a los bubales en Egipto, ni lo domesticados sobrevivieron –apuntó Khnum.

– No olvidéis que hoy día hay más vacas que uros hayan existido nunca –reflexionó Palas–. Los Jarmos son codiciosos, quieren más y más.

– Las ovejas están intentando dar un ingenioso giro a la domesticación al relacionarla con la religión. Cuentan de pueblos que adoran carneros de oro y de pastores que suben montañas sagradas con su majada de ovejas para hablar con una zarza ardiendo que hace de Dios. Es mejor ser sacrificio que alimento –reflexionó Bezoar–. Nadie mata ya muflones salvajes, impuros.

– Vaya con las ovejas. Tendremos que ser nosotros los malos –bromeó en bueno de Luzbel irguiéndose sobre sus patas traseras–, ya sabéis, el bien y el mal, el cordero de Dios y el mismo diablo.

– Antes morir que convertirme en un esclavo, en un muerto viviente con un solo objetivo en la vida, servir de alimento a su amo. Jamás –juró Ibex.

– No tiene por qué ser así, no tiene por qué ser definitivo, recuperémonos, lo primero es salvar esta situación extrema. Cojamos fuerzas, hagámosles el juego, es un gran sacrificio, lo sé, pero mientras creceremos y nos expandiremos, esperaremos que llegue el momento, no nos faltarán ocasiones para buscar el monte –propuso Hircus.

Aegagrus abrió la  boca para decir algo pero calló.

– ¿Seriamos capaces de condenar a la domesticación a nuestros hijos, y a los hijos de sus hijos y a los hijos de los hijos de sus hijos? –retó Walie.

–Prefieres que mueran de hambre –le contestó Prisca aceptando el desafío–, o quizás, prefieres ver como los descuartizan los perros.

–Nos resguardarán de los depredadores y del frio, no pasaremos hambre ni sed, prosperaremos a sus expensas y seremos multitud –ensoñó Kupruk.

–No olvides gritar “Beeé, beeé” –le aconsejó irónico Capras– dicen las ovejas que tranquiliza a los Jarmos.

– La que dijo “Beeé” hace un momento fue la cabra loca de tu hermana cuando le…

Esta vez ni Pazán pudo evitar el enfrentamiento.

Al atardecer la mayoría de los Príncipes ya se habían marchado, cada uno por su lado. Pazán contempló por última vez su valle, bajó de su atalaya, muy, muy despacio, como si temiese despeñarse, olfateó el aire y se puso en marcha.

No tuvo necesidad de gesto alguno, toda su familia le siguió.